Los chilenos no solo cruzan a Perú para comprar ropa pirata, comida de deliciosa factura o pasar un fin de semana familiar. La cercanía y el escaso control de la policía migratoria ha hecho que las fronteras de cada país se vuelvan un corredor para el “turismo alternativo”; por un módico precio puedes conseguir documentos falsos, droga de calidad, títulos universitarios falsos y acceder al siempre creciente mercado de la prostitución. Es en este último punto en donde un nombre llama la atención, un lugar cuya reputación supera cualquier tipo de división imaginaria forjada por rivalidades tontas y guerras añejas: Me refiero a Las Cucardas.


Viajé acompañado de Tuto, un amigo al que conocí hace un par de años en un encuentro literario. Parte de la curiosidad de visitar Las Cucardas yacía en que reconocíamos cómo el crecimiento del turismo sexual en Tacna había puesto a la ciudad en radar no solo para los consumidores, sino también para las mujeres que consideraban al prostíbulo como una opción de trabajo seguro, con mayor control que la escasa seguridad de las calles.

Cruzamos la frontera un día sábado después del mediodía y, al igual que otras veces, hubo que esperar el doble de tiempo por las largas filas que se forman en el control fronterizo Chacalluta. Con una separación de 50 minutos de viaje, Arica, la primera ciudad al norte de Chile y Tacna, la última ciudad al sur del mapa peruano, forjaron una estrecha relación simbiótica; para un ariqueño es más sencillo visitar e invertir en Tacna que cualquier otro lugar de su propio país. La Cámara de Turismo de Tacna estima que el 90% de los visitantes en la ciudad provienen de Chile, alcanzando la cifra de 18 mil turistas en un fin de semana normal. Turistas que, en este caso, demoraban el proceso. Muchos minutos después finalmente estábamos en el bus escuchando Tecnocumbia rumbo a destino.

Tacna es fragante, bulliciosa e inquieta. Sin saber qué podríamos encontrar en nuestra excursión al Night Club, decidimos dar una vuelta por el centro de la ciudad y prepararnos para la andanza. En palabras simples esto significaba comer bien antes de embarcarnos. Tras esquivar a varios jaladores con promociones tentadoras, nos inclinamos por un local que ofrecía Ceviche con “Leche de Tigre” (cóctel afrodisiaco que mezcla el jugo del ceviche, leche, ají y otros aliños, según dicen, indispensable para una visita al burdel), anticuchos de corazón y Pisco Sour de cortesía. Horas después de varias rondas de pisco y cerveza, intentábamos salir de allí sin enredar nuestros pasos.

El tráfico de la ciudad está lleno de Ticos, pequeños taxis blancos que corren como insectos asustados por las calles. Sin saber cómo llegar a nuestro destino, subimos a uno de estos autos.

-Amigo, ¿a las Cucardas?- El hombre mira por el espejo retrovisor y nos arquea las cejas un par de veces en señal de complicidad.
-A “Las Cucas” – sonríe -Vamos, son 10 soles (4 dólares / 1800 pesos chilenos).-

Las Cucardas queda en las afueras de Tacna, a 20 minutos de viaje, en un sector denominado Alto Chorrillos dentro del Distrito de Pocollay. Para llegar ahí hay que atravesar un camino sin pavimento y sin iluminación, una boca de lobo que solo muestra los dientes cuando el auto decide alumbrarlos con sus tenues faroles. Varias historias indican que en esa ruta son comunes los asaltos y pseudo secuestros, pero al menos en nuestro paseo nada dio algún indicio de riesgo.

Las luces de neón a lo lejos y posteriormente el ruido ambiental nos dieron la señal: habíamos llegado. A pesar de la distancia el lugar parecía repleto y lleno de vida. Hombres reunidos en diferentes grupos en los alrededores gritaban, reían y se tambaleaban. Bajamos del vehículo para reconocer terreno, fingiendo sobriedad ante el panorama desconocido.

El frontis de ladrillo parecía acogedor, como si fuese un hogar al que se puede ingresar con confianza. Sobre nuestras cabezas colgaba un letrero con la inscripción “Cucas.com”, un link que redirecciona al sitio web de un restaurant de comida mexicana. Probablemente las ganas de tener una página estuvieron presentes, solo quedó la intensión y una extraña forma de publicitar un restaurant ubicado en San Bernardino, California. Sin mayores distractores, decidimos entrar.

En boletería nos cobraron tres Soles (1 dólar). Mientras mi compañero pagaba, un letrero llamó mi atención: “Prohibido tomar fotos o se destruirá la cámara y será expulsado del lugar”.
-Mira, nos podríamos llevar un recuerdo.- Comenté.
-No es mala idea, aunque nos sacarían la mierda y terminaríamos en pelotas amarrados a una piedra en la pampa.- Ciertamente, Tuto llevaba una cámara en su bolso y si bien la idea podía ser tonta, no había que descartarla del todo.

Tras cruzar el umbral, llegamos a un vestíbulo pequeño adornado con una pantalla gigante. Allí, una rubia sintética de Bang Bros se aceitaba el culo esperando la intervención del galán de turno. De fondo logré divisar a medias un extenso corredor, costaba acostumbrarse por la tenue luz roja. Una vez que los ojos se adaptaron, comenzamos a reconocer las formas que se movían por los largos pasillos.

En Las Cucardas el aire es pesado, caliente, como si constantemente estuviese siendo exhalado de una boca gigante, dejando automáticamente la piel cubierta de una fina capa de sudor. A eso hay que sumar el constante olor a orina del ambiente, proveniente de varios urinarios empotrados a vista de todos en las esquina de los corredores. Encajadas también en paredes rojas y divididas en tres largos pasillos, logré contar más de 70 habitaciones, algunas con las puertas cerradas, otras con sus propietarias ofreciendo la “mercancía” en diminuta lencería.

A pesar que la inmigración es un factor importante en el área, Las Cucardas se caracteriza por tener pocas extranjeras trabajando en sus filas. En este caso la diversidad está en las complexiones y edades. Hay mujeres jóvenes y esculturales, pero también se pueden encontrar otras con cuerpos y actitud de mamá, que si bien tienen menor éxito, poseen un tarifario flexible, lo que les asegura uno que otro cliente desesperado. Las sombras del prostíbulo esconden a lo que quieras acceder por el precio correcto. Un par de jóvenes cuyas formas evocan la minoría de edad recorrían el lugar, caminaban rápido y de forma descuidada, como si estuvieran fuera de su hora de trabajo y no fuese necesario aplicar la actitud felina. Intento seguirlas, sólo para perderlas entre el gentío y encontrar a un cliente dejando un rastro de meado en una de las paredes del lugar.

Paseamos como familia visitando el Mall hasta que nos topamos con una fila que atravesaba el pasillo. Formados frente a una puerta, cerca de 10 hombres esperaban pacientemente su turno de atención. “La Secre”, como la bautizaron sus amigables fans, se paseaba desnuda entre la gente, moviendo sus caderas al ritmo de la música ambiental. El apodo, creo, es por las gafas y tacones que llevaba, únicas partes visibles de un atuendo que probablemente le hacía lucir como una secretaria. Su performance improvisada, mientras esperaba que la habitación se ventilara, sacó aplausos de los clientes y miradas de envidia de sus vecinas.

-¿Qué tal ella?-
-¡La mejor!, ¡la mejor! Pero hay que llegar temprano, sino está muy usada.- El último en la fila era un entusiasta chileno que parece ser asiduo del local.
-¿Qué incluye?-
-Primero te lavan, con alcohol gel. Después te lo chupan, el tiempo justo y necesario. De ahí partes a lo perrito, después se te sube encima, te cabalga un rato y eso. Lo malo es que algunas se quejan mucho, muy falso. Pero esta no, ¡esta es filete de primer corte!-
-¿Por cuánto rato?-
-Es hasta que acabes cariño.- interrumpió “La Secre” con sus tetas cubiertas de sudor. En realidad el servicio dura 20 minutos, máximo media hora si congenias. Pero la ilusión de eternidad vende bien.
-¿Con condón?-
-Todo es con condón papito.- Me miró con cara de falsa ternura, como cuando le tienes que negar la segunda porción de helado a un niño.
-¿Y si te pago un poco más?- Tras la insistencia se volvió seria, una secretaria real.
-Todo es con condón.- No transó. Esto es por la “fama” del ariqueño. Según un balance hecho el año 2010, Arica tiene el record histórico en Chile de mortalidad por Sida. La opinión pública dirige sus dardos hacia Tacna y el boom de los galpones de comercialización del sexo, pero nada establece una medida exacta sobre cuánto de este contagio realmente los condecora como los culpables. Lo único realmente claro es que, según datos del Ministerio de Salud, hay un 10% más de mujeres infectadas con VIH en Arica que en lo que resta del país, sumándole a esto el preocupante record de tener la tasa más alta de contagio entre los 10 y 19 años.

Tuto se perdió por unos minutos; según él, fue a “entrevistar” a alguna de las mujeres en privado. Caminé hacia el fondo del prostíbulo. Allí, en un área un poco más amplia, hay un bar y un escenario con varias mesas dispuestas para contemplar el show. Compré otra cerveza para ver el espectáculo. Una de las chicas bailaba manoseando la barra, apretándola entre sus piernas como una culebra constrictora al compás de Lithium de Nirvana. Pierdo el sentido del tiempo hasta que alguien gritó mi nombre. Entre las luces divisé un rostro conocido. Sebastián, un ex compañero de universidad. Se tapó la cara a modo de broma para que no lo reconociera, luego me abrazó de forma efusiva. Según me contó estaba ahí para desquitarse después de una ruptura amorosa de muchos años. Decidí acompañarlo tras su cuarta conquista de la noche.

Antes de emprender la nueva búsqueda descargué el líquido acumulado en un baño que, por su apariencia, lucía como el lugar donde irían a mear las criaturas de Silent Hill; suelo húmedo, paredes descascaradas, hierros oxidados y los inconfundibles estertores diarreicos de las casetas contiguas, todo dispuesto y ordenado como un pequeño infierno personal. Tras salir caminamos con el olor a mierda impregnado en la nariz, hasta que nos topamos con Tuto acomodándose los lentes, saliendo de su “entrevista”.

-¿Y? ¿Qué tal?-
-No, mal. Condiciones de esclavitud… Terminamos y se puso a mear delante mío, luego usó un lavatorio de metal para lavarse.- Los angostos cuartos poseen lo estrictamente necesario: una cama circular que abarca gran parte del espacio y un pequeño estante donde las mujeres pueden dejar sus útiles de aseo y los condones que usarán los clientes. No hay espacio ni voluntad para un baño privado, así que deben improvisar. A pesar de las dudosas condiciones higiénicas, para los clientes no existe comparación con el mercado sexual ariqueño, en dónde la sesión “barata” de sexo triplica en precio a los escasos 25 soles (7 dólares/ 5 mil pesos chilenos aproximadamente) que cuesta encamarse en Las Cucardas.

Tuto decidió intentar con las fotos. En sus palabras, sólo había que ser rápido y pagar algo de dinero extra. Emprendimos un nuevo peregrinaje para encontrar a la candidata ideal. Así descubrimos a Martina, una robusta y simpática joven de portaligas blanco. Le explicamos vagamente la idea y a pesar de la reticencia inicial decidió aceptar. Antes de entrar se detiene junto a mí, levanta el culo para que le de una nalgada como señal de partida y carcajea coquetamente. Tras cerrar la puerta alcancé a escuchar a medias un grito de Tuto.
-¡Entrevista una tú!-

A lo lejos Sebastián estaba en plena cruzada personal, preguntando puerta por puerta las características y servicios especiales de las señoritas desocupadas. El ciclo irrompible de andar en círculos por aquel purgatorio se volvía cada vez más mecánico, así que aproveché el clima de consulta para escoger una puta al azar y acercarme.

Opté por una joven delgada, de rasgos duros y maquillaje oscuro que esperaba sola en su umbral con señas de estar aburrida. Al notar mi presencia automáticamente comenzó a jugar con los bucles de su pelo, reaccionó demasiado lento en poner en marcha su fingida dinámica de seducción.

-¿Quieres entrar aquí conmigo?- Apenas alcancé una distancia prudente, me jaló de la barba para acercarme mientras que con la otra mano me estrujaba la entrepierna sobre los jeans.
-No vas a encontrar nada ahí…-
-¿Y el pajarito?-
-El pajarito se fue volando hace rato con tanta cerveza.- Se molestó al no poder conseguir un cliente útil. Ciertamente el alcohol y la irrigación sanguínea no son buenos amigos.

A partir de ahí iniciamos un patético juego de preguntas y respuestas. Se llamaba Bianca, es de Cajamarca. Tiene 19 años, está allí para ayudar a su familia y si pudiese dejaría de trabajar en aquello pero la paga es buena y los chilenos parecen tratarla bien. Se notaba que estaba mintiendo, aunque su trabajo se trata de eso. Me guio por el discurso clásico ideado para persuadir, para que, a pesar de los inconvenientes, genere empatía y termine pagando por un intento fallido de follármela en su habitación de 3 x 3. Cuando descubrió que el trato no llegaría a buen puerto decidió ignorarme, mirando un punto indeterminado por sobre mi hombro, esperando a que llegue el indicado.
-Hablas mucho y disfrutas poco…-
-¿Qué?-

Tuto reapareció con actitud sigilosa, me hizo un gesto con la mano para disipar mi cara de idiota o quizás para indicar que su trabajo produjo resultados. Reaccioné.

-¿Cómo te fue?-
-No se me paró…-
-No gueón, con las fotos.-
-Bien, costó más caro pero tengo dos. Estuvo pendiente de la puerta todo el rato, si nos pillaban le podía ir mal a ella también. Así que preferí no arriesgar.- De inmediato decidimos marchar. Caminamos lentamente rumbo a la salida.

Sebastián parecía haber encontrado a su cuarta compañera de penas; se decidió por una Venus Williams de la Sierra que combinaba muy bien con su estatura. Me despedí mientras ella lo guiaba tiernamente de la mano rumbo a las penumbras, al vacío. Al mismo vacío por el cual nos habíamos paseado toda la noche. Observé a Bianca a lo lejos, tenía un par de buitres revoloteando pero ninguno se acercaba lo suficiente, la obligaban a seguir esperando por algo que sabemos jamás llegará.

El pasado 10 de septiembre Antonio “Cholo” Meza, dueño de Las Cucardas, falleció en un accidente de motocicleta. Murió en la carretera mientras regresaba de Lima a Tacna, tras haber cumplido una breve condena por obligar a dos menores de edad a prostituirse en su acogedor antro sexual. A pesar de todo pronóstico y de las especulaciones, la actividad de Las Cucardas cesó, despertando incertidumbre en ambos lados de la frontera. Pero bastaron solo un par de días para que Las Cucardas dejase atrás el duelo y volviese a cumplir con la labor de llenar aquel vacío con su sucio glamour.



Fotos por: Tuto

Edgard Lara T.

Written by E. Lara
Periodista. Fundador de Misanegra.cl, Editor General en HxcLife.com | Ateo, zurdo, insomne, colon irritable crónico, coleccionista de música.