El diablo azabache sonreía siempre. La burla era su método más efectivo de intimidación, eso y la poderosa influencia que ejercían sus chocantes ojos inyectados en sangre. Bajar la guardia ante él significaba caer presa de una maquina devoradora de sueños, literalmente. En esa situación puede que sea mucho mejor perderte en tus propias pesadillas que en las provocadas por su influjo. Saca su lengua, la retuerce en bufonescas carcajadas mientras avanza lento en dirección a su víctima, clavando sus garras en la arena, como una garrapata prendiéndose de la suave piel de un infante. Su rival jadea herido, está un poco mareado, pero con la lucidez suficiente como para que sus sentidos reaccionen ante la proximidad. Si bien sus ojos están cerrados por el dolor, puede sentir la vibración en los capilares de sus grandes orejas, cada movimiento de esas patas rechonchas al golpear la arena retumban y marcan el ritmo de lo que puede ser su perdición. Abre los ojos solo para descubrir cómo el sentido común le pide a gritos que se largue del lugar. Es tarde. Se embriaga poco a poco del infecto aroma que despide el demonio. Antes de sucumbir frente a su hipnótica presencia decide concentrarse en un último ataque, concentrarse para embestir con todas sus fuerzas y derribar al fantasma devora–mentes de una vez por todas. El penacho de cuernos oscuros viene a su encuentro, al ponerse de pie sus venas bombean veneno y adrenalina. Las escamas púrpura de su lomo se erizan, el suelo se arremolina ante sus pies, corre impulsándose por sus cuatro patas, intenta enfocar y centrar la imagen de su rival hacia donde considera que podría ser embestido de la mejor manera. El esbirro negro solo atina a reír, la ensordecedora risa es el preludio de la catástrofe, se abalanzan el uno contra el otro intentando comprender, mientras lo hacen, cuáles son los reales motivos de los titiriteros del destino detrás de esta cruel guerra.

–¿Vamos? tengo frío.
–¿Estas güeona? Le queda matar al último, dio vuelta el duelo completo con el puro Gengar.
–No te pongas tonto, ¿ya? Estuvimos aquí tres horas, estoy aburrida y me quiero abrigar.
–Pero si queda poco, mira– Apunto la mesa. Los jugadores se ríen un poco, aun así no despegan la vista de las cartas en sus manos. Tamara sigue con su mueca de incredulidad, no parece entender el entusiasmo de ver a los dos mejores jugadores encontrarse casualmente en el local.
–Ya… vamos– Me sale mucho más fácil hacerle caso que explicarle la importancia del juego.

La tarde se disipa al dejar el Mall Chino. Sufrimos el mismo efecto que cuando se va al cine: a pesar de que pudiste ver una película excelente, sientes que un fragmento de tu tarde fue recortado y se perdió quién sabe dónde. Caminamos callados por San Diego, esquivamos los puestos de libros tapizados de mierdas de Coelho y youtubers que se creen escritores. Sigo esperando a que me diga cualquier cosa, pero se mantiene inmutable, sabe que su silencio me incomoda más que cualquier queja.

–No te quedes callada…–  Toma aire, se contiene, intenta no decir nada, aguanta todo lo que le permite la tolerancia y luego dispara.
–No entiendo todavía cómo pueden ser viejos y seguir con ese jueguito de cartas. ¿No les da vergüenza? Pokémon es para niños.
–¿Cuántas veces hemos hablado de lo mismo? No podemos conversar al respecto, eres muy inmadura para entender– Cuando nos embarcamos en todo esto ella no era así, de a poco se fue volviendo amargada y de a poco fue sonriendo menos al regalarle figuritas de la primera generación; ya no aprecia lo difícil que es encontrar de esas en la actualidad.
–¿Inmadura? Estamos hablando de invertir dinero destinado a vivir, a vivir conmigo, tu pareja, invertirlo en juguetes y cartas de monos chinos. ¿Sabes qué edad tienes? 26, a esa edad la gente ya sabe qué hacer con su vida, trabaja, tiene una familia. No un conejo amarillo que prende luces del poto cuando lo aprietas.
–Hey, no tengo la culpa que por el frío te duelan los ovarios. No te desquites conmigo.
–Imbécil.
–… son las mejillas, Pikachu prende las mejillas. Y no es un conejo, es un ratón.

No hablamos de nuevo hasta bajar del metro. Con la Tamara somos pololos desde hace muchos años, ya no sé cuántos, ella lleva la cuenta. Hace uno y medio que empezamos a vivir juntos. Pensamos en tener muchas cosas, pero los planes se van desarmando a medida que te vas topando con la vida. Ella cree que no sacrifiqué nada, pero se equivoca: antes de tener que acarrear con responsabilidades hogareñas yo era algo así como una eminencia, una leyenda viviente. No existía persona que no temblara con mi nombre. Pero ahora las cosas cambiaron, llevo nueve meses sin trabajo y ella nos mantiene con el sueldo que gana trabajando en la pizzeria esa de las masas cuadradas.

–Maxi, me fui a trabajar en la mañana, te dejé la plata para comprar el pan. ¿Dónde está?– Me hago el tonto, necesito buscar una escapatoria rápida. Prendo la tele.
–Mira, están dando Ancient Aliens en el History Channel, está el tipo del pelo raro.
–Te deje dos lucas, ¿dónde están?– Se pone mucho más seria, la verdad me sube sola a la garganta.
–Es que… vino el Lechuga y estaba vendiendo un Musharna que tiene 90 de vida, si lo mezclo en el mazo con el Hypno que duerme desde la banca entonces demás que…

Está de espaldas, la miro con toda la atención posible para esquivar platos si es necesario. Pero no se mueve mucho, solo contrae los hombros arrítmicamente y mantiene la cabeza gacha. Se queda así. Con mucho recelo me acerco, aún atento por si pudiese ser una trampa. Al parecer no tiene muchas intenciones de desquitarse, esta con la cara tapada, llorando. La tomo de un hombro pero me rechaza, cuando vuelvo a intentarlo no reacciona, pero no parece como si me estuviese aceptando, más bien como si no tuviese ganas de pelear.

–¿Qué pasa?– Intenta hablar, pero el sollozo no la deja, balbucea un poco y sigue llorando.
–Esto no está resultando, estoy cabreada de comer pan duro–. Su voz se quiebra de nuevo. Se le escurren las lágrimas entre los dedos y yo, sin saber cómo calmarla, me siento medio inútil.
–Pero no llores. Si lo tostamos queda rico– Intento secarle la cara pero me lleno las manos con mocos.
–¿Hasta cuándo vamos a tener que aguantar esto? La relación se está yendo a la chucha Max, y no creo que seas tan tonto como para no darte cuenta–…Y allí está, se sacude la vulnerabilidad en un pestañazo y me está retando de nuevo.
–Puta, no pensé que era tan importante. Si quieres devuelvo el Musharna, le pido un Munna al Lechuga y que me devuelva el resto de la plata.
–No es eso, no es una cosa puntual. Tu infantilismo nos tiene todos cagados. La plata ya no da para más, no podemos seguir así ¿No has pensado que en vez de comprar esos cartones con monitos podríamos gastar ese dinero en una frazada para no cagarnos de frío o tener que pedir prestado el gato al vecino de la otra pieza?
–El gato igual duerme abrigado, es un servicio simbiótico.
–¿Viste? Nunca tomas las cosas en serio. No se puede seguir así. Si no es mejor que cada uno se vaya por su lado, que tú vuelvas con tu familia y siga mi vida de forma independiente– Hay una pausa entre nosotros, por primera vez siento que nuestra dinámica de bromas se vuelve incómoda, tal vez porque ahora sí habla en serio.
–O sea que es eso, ¿ya no me quieres?
–No es que ya no te quiera, pero necesitas trabajar, como las personas normales. Tienes que hacer algo para que esta relación salga a flote, no puedo seguir manteniéndote por siempre. Si mañana no haces algo, esto se acaba.

Apagamos las luces y nos acostamos sin volver a cruzar palabras, cada uno por su lado, cagados de frío. Me cuesta quedarme dormido y no solo porque se me congelan las bolas. Lo pensé durante un largo rato, hemos pasado por altos y bajos, otras veces solo con querernos bastaba, pero ahora eso ya no parece suficiente. Estoy nervioso, sé que mañana el despertador sonará muy temprano y no puedo volver sin algo parecido a un trabajo. Nunca he hecho un currículum, nunca he buscado pega, no sé hacer nada, nada más que jugar cartas Pokémon. Aunque sé que algo surgirá, algo se me tiene que ocurrir.

Written by E. Lara
Periodista. Fundador de Misanegra.cl, Editor General en HxcLife.com | Ateo, zurdo, insomne, colon irritable crónico, coleccionista de música.