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POKE – Capítulo #003

–¿Entonces qué dijiste?
–Que tenía una entrevista de trabajo.
–¿Y era necesario usar terno y peinarse así?
–Según la Tamara eso me da mayor seriedad.
–Para buscar un trabajo sí, puede ser, pero no para pasar piola entre esta gente. Es el equivalente a colgarte una baliza a la cabeza y gritar que eres un Rati.
–No puedo volver a la casa, la Tamara todavía está ahí.

Una hora después partíamos a ese lugar sin ubicación imaginable. Vestido con ropa ajena te sientes, en parte, otra persona, lo que me podría servir para moverme mejor dentro de toda esta nueva imagen que, en tan corto tiempo, Lechuga escupió y que aún estoy en proceso de entender. Entramos al metro, ese metro que durante el invierno, a base de aliento y fricción humana, se vuelve la mejor calefacción cotidiana.

–¿A qué lugar vamos específicamente?
–Tenemos que bajarnos en “Los Héroes”, hacer combinación con la línea amarilla y de ahí seguimos en dirección Vespucio Norte– Lechuga está serio, o puede que yo esté proyectando mi situación en él. De cualquier manera no ha hablado mucho y eso fomenta el nerviosismo. Intento relajar las cosas con un tema que no puede permanecer indiferente.

–¿Cómo va el porno?– Pausa. Sus ojos se iluminan. Toqué una fibra sensible, la sensibilidad del artista, como dicen.
–No muy bien. Los tiempos cambiaron, perdí hartos clientes. No es como antes, cuando intercambiaban revistas por cartas. Por una “Eroticón”, incluso por una “Quirquincho Dorado” los pendejos podían entregar parte de su reino. Hasta una de esas Pokédex de Hasbro recibí a cambio. Ahora nada, los cabros pajeros con suerte ven Hard de verdad.  Están de moda las “modelos eróticas” de Redes Sociales, pendejas que venden packs de fotos al mejor postor, autoconvencidas de que lo que hacen es arte, pero sin considerar la ideología tras el porno. Como todas hacen Soft, más fácil de encontrar en Internet aún. La misma red es un problema en sí mismo, ya nadie compra nada físico porque todo está a un clic de distancia– Lechuga suspira en señal de resignación, luego continúa. –Todo cambia, todo cambia.
–¿Ni siquiera algún preadolescente con altura de miras perdido por ahí?
–Nada. En su tiempo Tumblr puso de moda a Sasha Grey y a Stoya, pero nadie vió el arte detrás de eso, solo se quedan con el meme y la idea zorrona que les implantan las páginas de mierda.
–¿Que acaso nadie conoce las abejitas de Riley Mason? ¿Ryan Madison y todo Teen Fidelity? ¿Gianna Michaels haciendo bondage con el traje de látex? ¿Belladonna y Nacho Vidal?
–El problema no está en lo de conocer, el problema es cómo se aborda la disciplina. No hay arte, pararte frente a una cámara semiprofesional no te asegura nada, salvo la plata que puedes robar. Ariel Rebel es el ejemplo de los nuevos gustos. Es linda, sí, pero que en diez años de carrera lo más hardcore que haya hecho es huevear con su dildo azul y chupar una miserable corneta en cámara, demuestra que quiere la plata por sobre el negocio. Eso se traspasa a la gente. Mucha forma, poco contenido.
–Qué deprimente es la vida, por la chucha…– Empujamos a los compañeros de viaje que nos castigaban con sus miradas moralizantes; la inquisición no es buena en ninguna de sus modalidades y solo un par de codazos bien puestos nos permiten ser libres. Bajamos del metro en estación “Cementerios”, y según me explica Lechuga, para llegar a destino hay que cruzar parte de la necrópolis, salir por la puerta principal y bajar por calle Alberto Zañartu. Me contengo hasta pasar la tumba de Violeta Parra; ya con mi compañero jugando en el mismo equipo es tiempo de entrar en terreno, averiguar a qué nos íbamos a enfrentar; las únicas referencias que tenía eran series de televisión y uno que otro videojuego, y eso no sirve de mucho.

–Explícame algo, un poco siquiera, ¿qué es exactamente el lugar a dónde vamos? Como medida de precaución tengo que saber algo, en caso de que tenga que actuar y fingir que soy rudo.
–Sí, tienes razón– Piensa durante un rato, se acomoda su gorro de lana y luego habla– Vamos a un “bloque”, se les llama así porque se reúnen jugadores de las comunas cercanas. Se supone que hay varios bloques, pero nadie sabe a ciencia cierta cuántos son ni en dónde más funcionan. Aquí juegan los que tienen los contactos suficientes para entrar y apostar, tanto por cuenta propia como los auspiciados por un tercero.
–¿Entonces yo podré entrar si soy tu referido? ¿Así como Herbalife?
–Esa es la idea, intentar a ver qué pasa. De resultar, tendremos que juntar plata para volver y comenzar a apostar al mismo nivel que los otros. Obviamente tienes que ganar en las mesas y armar una reputación en torno a tu forma de jugar, eso servirá para ir escalando y poder sentarnos en mesas donde corra más plata.

Cruzamos el cementerio. Caminamos a lo largo de esa calle plagada de centros médicos, hospitales, hogares de ancianos, funerarias y demás recintos de comercialización humana. El paseo nos obliga a entrar a una improvisada feria en donde puedes ir refaccionándote con cada paso que das; muletas, prótesis de piernas, ojos plásticos, ropa de guagua, batas de baño, pantuflas y ternos de diferentes tallas para vestir al muerto en caso de que todos los locales hayan cerrado sus puertas demasiado temprano. Llegamos a la intersección con avenida Independencia, seguimos un par de cuadras más abajo hasta que Lechuga disminuye sus pasos frente a una funeraria: Funeraria “Ambrosia”. Junto a la puerta de entrada hay un fulano gordo con la cabeza rapada, está fumándose un cigarro mientras se rasca su barba tupida como lana de cordero.

–¿Aquí? Es una funeraria…
–Sí. Sígueme y trata de no hablar cuando entremos– Lechuga mira al barbón y asiente con la cabeza, el hombre le responde con un frío gesto de ojos, indicando un pasillo al costado de la entrada de vehículos de la funeraria. De fondo se ve una puerta blanca con el área cercana a la manilla ennegrecida por la grasa. Nos detenemos, de frente está el supuesto umbral que debo cruzar para comenzar a solucionar mis problemas. Hasta este punto no estaba seguro de si Lechuga había inventado la historia o no. Seguí hasta aquí 45% por curiosidad, 45% por las ganas de reírme por meses de los rollos Mafia Wars y con un 10% de esperanza de que en algún lugar existiera alguien que me pagase por jugar.

Lechuga sujeta la perilla de la puerta.
Gira, chirría. Entramos, ya no hay vuelta atrás.

El humo de cigarro es más pesado que el vapor lacrimógeno, se condensa en el ambiente y hace que respirar se vuelva más notorio. El lugar está repleto de personas de diferentes tipos, especies y formas, todos agolpados al borde de las mesas, como si fuera un casino, riendo, gritando, gesticulando de forma exagerada. Es casi imposible asomarse por sobre los hombros y ver cómo son los jugadores, qué cartas usan, qué estrategias usan, averiguar de qué color es el plástico protector que usan para evitar que sus cartas se desgasten. Nos abrimos paso entre la gente, empujando, evitando miradas amenazantes, evitando miradas apuñalantes. Los hielos repican en los vasos y me hacen notar una suerte de bar ubicado en una de las paredes del lugar. En uno de los sofás que están frente a la barra, distingo un par de chicas veinteañeras con las tetas al aire, sentadas en las piernas de uno de los parroquianos, una le habla al oído y lame su oreja peluda, mientras la otra le manosea la entrepierna por sobre la ropa. Ellas ríen, él se ríe, toman y la mierda es más real de lo que pensé. Junto al bar hay una pila de ataúdes rotos, ordenados como una baraja de cartas, apilados uno sobre otro hasta llegar al techo, lo que parecía ser una bodega se había convertido en un improvisado centro de apuestas, maraqueo y quién sabe qué más. Cada minuto asimilado del ambiente me hace dudar si realmente están jugando mi inocente pasatiempo de trainers y pokebolas.

–¿Tan temprano empiezan a jugar?
–No, al contrario, el show está por terminar en cualquier rato. Se quedan apostando toda la noche, a las 9 se cierra el boliche. Te traje a esta hora para que pudiéramos hablar con el jefe.
–¿Jefe? ¿Qué jefe?
Shhh, sígueme la corriente en todo lo que diga para que salga bien–. Llegamos hasta la puerta de una oficina improvisada, la custodia otro matón calvo y de barba, este mucho más ejercitado que el anterior.
–¿Y este maricón quién es?– Nos detiene en seco con su voz de caverna y su espalda de roquerío.
–Tranquilo Tapia, viene conmigo.
–Tiene cara de maraco. No me gustan los maracos.
–No te tienen que gustar los maracos, sino también serías uno– El gorila comienza a revisarme bruscamente para ver si escondo algo, me imagino que es parte de la rutina, pero no puedo evitar sentirme violado de cierto modo.
–Ya…. Entra– Abre la puerta y se corre levemente para darnos el paso. Me empuja cuando camino junto a él. Lo ignoro, o al menos lo intento.

El despacho es pequeño pero acogedor, tiene sillas y un escritorio grande donde el “Jefe” recibe a la gente. Hay varias fotos de camiones enmarcadas en las paredes, un calendario de una amasandería y una estantería con muchos archivadores. Sobre la misma pared, colgado, hay un televisor en blanco y negro que muestra imágenes de la sala de apuestas. La pantalla está dividida en cuatro y muestra diferentes ángulos que logran cubrir gran parte del local. Detrás del escritorio, sentado, está nuestro objetivo. Es un hombre cuarentón con el pelo en retirada, barba corta y gris, guata cervecera y arrugas que dan a entender parte de su experiencia. Va vestido de forma desprolija, con una camisa, pantalones negros y zapatillas, como si aún no hubiese abandonado su juventud, lo cual me inspira confianza. De todos modos se ve una persona cordial. Al vernos se alegra.

–¡Gonzalo! ¡Tanto tiempo!– Se levanta de la mesa para recibirnos.
Güeón, ¿te llamas Gonzalo?
–Cállate– Me susurra Lechuga entre dientes. El recién descubierto “Padrino” estrecha nuestras manos sonriéndome amablemente. 
–Don Pablo, ¿cómo está? ¿Cómo va el negocio?– Tomamos asiento.
–Bien, como siempre, allí marchando sobre ruedas e intentando esquivar los baches del camino. Cuéntame qué te trae a ti y a tu amigo por acá.
–Conozco a Max de hace años, es tranquilo, “quitado de bulla”. Juega cartas de antes que nos conociéramos, lo he visto jugar y tiene talento, lo lleva en la sangre. Creo que sería una buena adición a  las mesas.
–¿Con qué cartas juegas?– Llegaba la hora de la verdad, saber si efectivamente jugaban Pokémon y no Póker, Blackjack, Potosucio u otro juego parecido. Era tiempo entonces de lanzarme y quedar como un pendejo tonto o conseguir un “trabajo” a ciegas, sin reparar en consecuencias.
–Tengo un Deck psíquico, uso como base partes del Neo Discovery y de la expansión de los Líderes de Gimnasio. Específicamente Sabrina y el gimnasio Saffron– Hay una pausa en el ambiente, cierro los ojos para esperar las risas. Pero no pasa.
–Obsoleto. No puedes jugar con eso acá. Hay reglas que seguir, no es como jugar en casa con tus amigos solo por entretención. Actualmente le estamos dando privilegio a los mazos Black and White y a los XY. ¿Tienes algún Delta Species? ¿Algún Ex? ¿Una Mega Evo?
–No– El jefe encoge los hombros.
–No puede jugar así el chiquillo, no duraría ni dos peleas contra los Pokémon nuevos, los básicos de ahora te pueden echar abajo un 2nd Stage de un solo paraguazo. Mira, hagamos algo. Tráelo cuando esté listo y lo probamos en las mesas. Confío en ti, si lo escogiste es porque algo tiene el cabro. ¿En cuánto tiempo pueden estar armados y listos para invertir?
–Dos semanas Don Pablo.
–No. Imposible. Cuatro días. Estamos escasos de “carnada” y de caras nuevas.
–Cuatro días entonces, Don Pablo– El semblante de Lechuga cambia, palidece y se pone mucho más serio.

Nos despiden cordialmente, igual que el saludo de entrada, es más, hasta el Jefe se atreve a hacer un par de bromas sobre mi contratación; sonrío y me siento aceptado, aunque no entiendo mucho. La única diferencia es que ahora Lechuga se ve como si hubiera envejecido 5 años en 5 minutos. Se ve cansado y sigue pálido. Ya en la calle, con algo de aire helado, se repone un poco.

–No entendí qué pasó. ¿Cuatro días para qué?
–Para tener un mazo totalmente nuevo para ti, que sepas usar su estrategia a la perfección, que puedas ganar con él y para tener al menos 500 lucas para apuestas.
–¿O sea que estamos cagados?
–Básicamente– Callamos durante un rato, reordenando las ideas del ambiente.
–¿Qué pasa si no entramos ese día o si cambiamos de idea?
–Ya viste donde se juntan, según su mentalidad, nada puede evitar que hables y digas donde están ubicados y así arruinar el negocio. Si nos retractamos y tenemos la suerte de que ese día estén de ánimo, puede que solo nos quiebren las piernas– Respiro hondo. Antes no podía ayudar a pagar un mes de arriendo. Ahora tengo que pagar, en cuatro días, lo equivalente a dos meses de arriendo, gastos comunes y alimentación.

–Qué deprimente es la vida, por la chucha

Written by E. Lara

Periodista. Fundador de Misanegra.cl, Editor General en HxcLife.com | Ateo, zurdo, insomne, colon irritable crónico, coleccionista de música.

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