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POKE – Capítulo #007

Ahora que llegó la noche recién me entra un poquito de pena. El trabajo no me dio tiempo para asimilar que ya no lo veré. Va a ser extraño volver a dormir sola después de tantos años y es que, a pesar de que era un cabro chico, siempre estaba aquí esperándome cuando volvía de la Pizzería. Preparo un té para intentar abrigarme, por primera vez el frío no se quiere ir.

Lo voy a extrañar, pero los dos sabemos que fue para mejor.

Hoy Maxi entró a trabajar y estoy orgullosa de él. Sé que es hacerlo madurar a la fuerza, pero creo que lo nuestro necesita un empujoncito si queremos seguir juntos. Lo vi tranquilo durante el desayuno, eso es una buena señal. No quiero presionar ni preguntar mucho, lo peor ahora sería que se pusiera nervioso o que quisiera dejar todo de lado.  Me apuro lo que más puedo para evitar meter la pata, en parte por eso y porque esta semana me toca abrir el local.

Como todos los días, paso por esa cuadra de elegantes casas de piedra. Me gusta caminar por aquí, es una población tranquila, tiene una pileta en medio que todavía no echan a perder con los rayados. Al comienzo mi recorrido no era por estas calles, pero cuando casualmente encontré esta pileta se me hizo imposible no querer pasear por aquí todos los días. Me recuerda a cuando vi por primera vez a Maxi.

Era el último día de clases de cuarto medio. Lo único que queríamos con mis compañeros era arrancar luego y festejar. Como el profesor de Química era muy estricto, no nos iba a dejar salir antes de la sala, así que nos arrancamos. Esperamos a que se diera vuelta a escribir en la pizarra y corrimos lo más rápido que se podía. Cerca del liceo había una plaza con una pileta y nos tiramos dentro con el uniforme puesto. No hacía ese tipo de cosas muy seguido, pero era un día especial; Queríamos que los últimos días en la media fueran diferentes, sabíamos que probablemente no nos cruzaríamos de nuevo en la vida y no por eso nuestra despedida debía ser triste, sino al contrario. Nos veíamos tontos, aún así, en ese momento, éramos felices.

Allí estaba Max, jugando cartas con otro niño, apoyado en el borde. Mis amigos lo mojaron y a sus cartas también. Se rieron pero él no dijo nada. Por un rato pensé que sus cartas podían ser caras, sobre todo las que brillan. Quería ayudarlo, pero me dio vergüenza dejar a mis compañeros, solo miré de reojo como se alejaba medio molesto. Quizás no es el mejor recuerdo de un comienzo, pero sirvió como excusa para volver a verlo más adelante.

La mayor parte de la mañana es lenta en la pizzería, el fuerte es por la noche. Aún así, de vez en cuando, llegan ejecutivos a almorzar. Me toca atender la mesa tres, hay un hombre solo, me hace un guiño para que me acerque a atenderlo.

–Buenas tardes, señorita. ¿Qué tiene para ofrecer?– Se viste medio raro, lleva una chaqueta de cuero exagerada y zapatillas blancas. Nunca había visto un motoquero con zapatillas blancas.
–Tenemos dos menús, el de pastas y el de pizzas. Las especialidades de la casa son la Lasagna Mixta y la Pizza Prosciutto con masa a la piedra. No usamos jamón común y corriente, ese es uno de los sellos de nuestro restaurant.
–¿Qué me recomendaría usted?
–La pizza, a todos les gusta la pizza. Ahora, si prefiere la comida italiana, podría recomendarle…
–Me encanta la comida italiana, soy de allá, ¿cómo no me va a gustar?
–De Italia, ¿en serio?
–De allí mismo. La sangue d’Italia corre por mis venas– Me estira la mano para saludar. –Ranieri, Pablo Ranieri. Y usted señorita, ¿cómo se llama?
–Tamara.
–Un gusto– me da un beso en la mano, parece sincero y no de esos tipos jotes.–Qué bonito su anillo. ¿Tan jovencita y ya está casada? Disculpe, no quiero ser impertinente…
–No, no se preocupe, no me molesta. Y no, no es un anillo de compromiso, pero sí me lo regaló mi pololo– Me sonríe y luego revisa el menú.
–Aún así usted está comprometida con ese anillo. ¿Sabe por qué los hacen de un material brillante? Mi abuela, que en paz descanse, decía que los fabrican así para que representen la luz, la claridad que se debe tener al momento de decidir si vas compartir por siempre tu vida con una persona o no. Ella sabía de esas cosas, estuvo casi 50 años casada. La forma que tienen tampoco es casual; perfección, un ciclo que nunca acaba, lo que se puede lograr si escoges a la persona indicada. Su pololo debe ser un buen hombre, si se lo entregó es por algo– No sé qué decir, me quedo en blanco por un ratito. Por suerte sigue hablando y no se nota tanto que estaba pajareando.
–¡Aquí están! Quiero esto, los ravioles de carne con salsa mediterránea, por favor. 
–Sí. En seguida.

En realidad el anillo sí es de compromiso, no como un compromiso grande a futuro, sino por el que ya tenemos, o al menos así lo interpreté yo. El Maxi me lo dio cuando cumplimos un año. Él no le dio mucha importancia, me dijo que era de fantasía y que no era caro. Pero eso a mí no me importa, lo que vale es el gesto. Sobre todo por lo difícil que debió ser salir a comprarlo. Venía en una cajita medio chueca, embutido en una esponja. Lo envolvió en un papel de Pokémon, yo creo que para que el regalo y la situación fueran más cómodas para él. Hace mucho que no me regala algo parecido. Hace mucho que no me regala nada.

Sigo trabajando sin poder evitar que se crucen las palabras del caballero italiano. Me gustaría hablar un poco más con él, me causa curiosidad saber qué otra cosa puede decir, pero no quiero interrumpir su almuerzo. Atiendo otro pedido, voy a la caja a cubrir el puesto un rato, vuelvo a tomar órdenes. Salgo de la cocina con los platos para la mesa ocho, al volver veo que “Don Pablo” ya no está. Me asusto un poco pensando que hizo perro muerto, al acercarme a la mesa veo los billetes, eso me tranquiliza. Recojo el plato, las servilletas arrugadas y los cubiertos que usó, junto a ellos está el dinero del pedido. Era raro pero simpático, me hubiese gustado despedirme al menos. Antes de partir de vuelta a la cocina levanto el platito vacío de queso rallado. Debajo hay 10 mil pesos extra, como propina.

Tomar doble turno es agotador, pero con los meses te acostumbras y el desgaste pesa menos. Una vez que pasas la hora de descanso la tarde se va rápido, solo hay que sobrevivir a ese rato después de colación en donde te da sueño; por mí dejaría todo tirado y me iría corriendo a mi cama, pero no me puedo dar ese lujo todavía. Dentro de un tiempo puede que sí, siempre que el Maxi se afirme en su nuevo trabajo.

–¿Qué te pasa Max? de la mañana que estás raro, como ido– Como casi todos los días viene al local, solo que hoy no viene a comer pizza gratis, sino a despedirse porque es su primer día en Sodimac. Lo noto raro, como si no estuviese presente.
–No es nada, estoy nervioso por el trabajo, es solo eso.
–Te va a ir bien, eres una persona capaz y cuando quieres puedes ser alguien esforzado. Ya, anda, no puedes llegar tarde el primer día– Se despide, me abraza y me besa. Es extrañamente cariñoso. Hace mucho no sentía algo así, las muestras de afecto se fueron apagando, haciéndose cada vez más escasas. Con el tiempo te acostumbras y lo que debería ser “normal”, como una simple caricia, te parece algo fuera de lugar. Camina fuera del restaurant con los hombros caídos, como un pequeño. Entiendo entonces por qué está así. La responsabilidad le hace sentir que está traicionando al niño que lleva dentro. Por eso durante la mañana no podía despegarse de sus cartas.
–¿Es por las cartas cierto? Todavía sigues pensando en las cartas que no puedes tener.
–Sí, Tamara es eso– Lo conozco mucho, eso no quita que me decepcione un poquito, pero no lo haré notar. Tiene que mantenerse enfocado en otras cosas.
–¿Y por qué no haces lo mismo que cuando eras chico? Imprimir una carta bajada de Internet y las pegas sobre una original. Recuerdo que me contabas que así era la única forma de ganarle a tus primos que tenían las cartas de ese gallo que fue campeón del mundo– No sé qué habré dicho, o de qué forma lo habré dicho, pero me agarra fuerte por la cintura y me da un beso, uno de verdad.

La pieza se siente enorme y vacía. No puedo evitar sentir pena, es medio tonto, sí, pero hace mucho que no estábamos lejos el uno del otro. El segundo té tampoco me quita el frío, busco como excusa esto de querer abrigarme para no recordar. Siguen pasando las horas y no puedo dormir, sé que tengo que descansar, pero no puedo. Recuerdo igual. Estuvimos separados un tiempo. Esa vez no aguanté más su inmadurez y decidí cortar la relación. No sabía si volver, pero la costumbre, o mi ilusión de creer que podía cambiar, le dieron otra oportunidad. Estábamos igual que ahora, siento exactamente lo mismo, pero esto del nuevo trabajo me dejó más optimista. Tengo que creer en él de alguna manera, sé que podemos salir adelante, solo le falta conocer los métodos.

Suena el celular, suena tan fuerte que me asusta y me saca de mis pensamientos. Es extraño que alguien llame a esta hora. Es Lechuga. Él nunca me llamaría. Algo pasó…

–Tamara…– Se escucha serio. Algo pasó, algo pasó con Maxi… –…El Max tuvo un accidente, lo está atendiendo un doctor ahora, tienes que venir al tiro.

El corazón se me quiere arrancar, es una sensación feísima pero que a la vez me tranquiliza, me demuestra que todavía sigo sintiendo lo mismo que antes.

Written by E. Lara

Periodista. Fundador de Misanegra.cl, Editor General en HxcLife.com | Ateo, zurdo, insomne, colon irritable crónico, coleccionista de música.

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