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POKE – Capítulo #008

Güeón tenemos que ir rápido al hospital, en serio. Me duele mucho y la sangre no quiere parar, voy a morir desangrado, estoy mareado, veo en blanco y negro, ya no siento olores… ayúdame…– La bala atravesó la zapatilla y rebotó en el suelo. Si la excusa de los bototos de seguridad hubiera sido cierta nada de esto estaría pasando, o quizás habría sido peor. Ahora Lechuga me carga como puede, nos arrastramos por las congeladas calles de Independencia dejando un camino de sangre fácil de rastrear. Entre más intento caminar, más me cuesta enfocarme en el lado positivo de la situación. Sí, los reflejos cocainómanos de Don Pablo me salvaron, si no me habría quedado de forma permanente a “vivir” en esa funeraria. Pero me cuesta descifrar el asunto completo, ¿pasamos algún tipo de rara iniciación o estamos metidos más profundo en la mierda?

Nos escabullimos por los pasajes más pequeños, entre más oscuros mejor. Lechuga no habla mucho, concentra su energía en caminar rápido y en mantener el aliento, veo cómo el vapor se escapa de su boca cada vez que exhala, no quiero preocuparlo de más, por mi culpa toda la tensión se descargó en él y claro, sobre mi pie.

–No quiero ser aguafiestas ni nada parecido, pero…
–Nos están siguiendo, sí sé… –Un par de cuadras atrás mire sobre mi hombro, vi como una silueta caminaba a distancia media, con paso seguro. Pensé que podía ser la paranoia, pero con cada giro y vuelta dentro del entramado de las calles, esa figura siempre estaba ahí, se mantuvo a la misma cantidad de pasos– …No te preocupes de eso, mantente conversando, mantente despierto. –Sé lo que Lechuga intenta hacer, trato de ser práctico, ignorando mi ropa empapada.
–Explícame qué pasó ahí, ¿quién o qué cresta es exactamente Don Pablo?
–Se llama Pablo Ranieri Andrade. Es de los “nuevos ricos”, se hizo la plata y la influencia armando una empresa de camiones. Según él, funciona a nivel internacional y tiene grandes prestaciones, pero nadie sabe si eso es verdad o parte de su cuento. Lo único real de la empresa es un acoplado oxidado abandonado fuera de su casa…– Vuelvo a supervisar a nuestro perseguidor, se esconde entre las sombras, rodeando la luz de los postes, cazándonos, esperando hasta que el cansancio le permita agarrarnos. No puedo evitar preguntarme por qué Lechuga nunca me contó que estaba metido en todo esto.
–…Lo han acusado de estafas en varias partes, ha estado arrinconado, con pruebas legales frente a la cara, pero siempre se las arregla para salir ileso. Supongo que con eso tienes el poder suficiente para manejar una casa de hueveo. ¿Max?– Siento un chasquido de dedos frente a mi cara –…Te necesito despierto. ¿Algún plan para que no nos agarren? tengo las piernas agarrotadas– Los ojos me pesan un poco, el cansancio me envuelve con cada charco que cruzamos, el cuerpo se va volviendo lento, más fácil de alcanzar.
–Tengo que ir a un hospital, no me siento muy bien…
–No, no queremos tener a los paramédicos y a los pacos encima preguntando por que tienes un balazo encajado en la pata. Hay que pensar en otra cosa. Lo primero es perder al güeón que nos pisa los talones– Puedo escuchar los pasos del pelado sicario; si vamos a hacer algo por salvarnos, tiene que ser pronto.
–¿No me vas a dejar botado, cierto?
–No te pongas maricón ahora, recuerda que toda esta mierda es tu culpa; de ti y de tu Mewtwo pirata con ganas de figurar.
–La Tamara me va a pegar, no puedo llegar sin un pie después de mi primer día de trabajo, eso es menos creíble que las referencias laborales que puso Jesús en su currículum.

Creo que lo más cercano a un plan es apurarnos dentro de lo posible y subirnos a la primera micro que pase, no importa a dónde viaje. Es la única forma de evitar un par de puñaladas en el lomo. Lechuga está dispuesto a intentarlo. Aceleramos el paso, prefiero evitar comentar que el sueño me tiene cada vez más atontado, necesitamos avanzar optimistas dentro de la tragedia. Llegamos a un paradero, por un rato las astillas de lluvia congelada no nos hacen cagar el pellejo. No vemos ninguna micro en el panorama, en cambio un grito filoso como un cuchillazo nos llega por la espalda.

–¡No van a salir vivos pollos culiaos! ¡No hay piedá’ pa’ los enemigos de Don Pablo!– al terminar de gritar se abalanza en nuestra dirección.
–¡CORRE, HUEÓN, CORRE!– Lechuga me jala del brazo, forzosamente tengo que poner los dos pies en tierra. Intento correr, los huesos alrededor de la herida se comprimen, siento como se deshace mi pie. Me voy de hocico al piso. Lechuga me arrastra, estoy mareado por el dolor, solo puedo concentrarme en ver como el tipo se acerca cada vez más.
–No, ahora no, ¡levántate!– Un perro solitario ladra, aviva nuestro intento de sobrevivir. Lechuga me tironea de la ropa, logro pararme a duras penas, ocupo mis últimas fuerzas para ponerme en marcha. Cada paso despedaza un poco más mi pie, entre paraderos hay demasiados pasos.
–No voy a poder, estoy mareado, me voy a caer– Corro. Intento respirar. Se me cierran los ojos.
–Mantente despierto, háblame, hablemos. ¿Cuál fue la última porno que viste?– No quiero mirar atrás, no quiero ver al pelao flaite alcanzarnos, tengo que mantener la esperanza.
–…Cam4, me metí a Cam4 un rato y vi a una tetona con rositas tatuadas en la parte de atrás de los muslos…– Avanzo posando solo el talón en el suelo, eso me permite ir más rápido y sentir menos dolor.
–Dayaanna, se llama Dayaanna Pérez, es colombiana, se pagó la operación de tetas con la plata de los güeones calientes que visitan la página. Para las minas es rentable ser exhibicionistas…
–La vida es injusta…– Un par de luces se cortan con nuestras siluetas, volteo a medias, es un bus del Transantiago que viene a lo lejos. Lechuga comienza a aletear para llamar su atención, me enfoco en el dolor y me aferro a los últimos impulsos. El vehículo baja la velocidad. El minion de Don Pablo grita un par de frases inentendibles, solo miro adelante, como los caballos que quieren llegar a una meta que ni siquiera entienden del todo. Escucho un tenue “suban cabros”, me agarran fuerte del cuello de la chaqueta y me tiran hacia atrás. No logro hacer nexos entre lo que pasa y lo que percibo, solo cierro los ojos.

El sueño dura un segundo. Me golpeo con el borde de la entrada del bus. Lechuga me sube como puede, cuando entiendo lo que está pasando muevo mis pies para impulsarme dentro, patino en la sangre hasta que mi espalda toca el vidrio que protege al chofer. La micro acelera, veo como el flaite y sus anchos pantalones intentan correr junto a ella hasta quedarse atrás.

–¡Lústrame la ca’eza del pico, pelao conchetumare!– Lechuga celebra gritando, sacando su cabeza por una de las ventanas laterales. Me dejo caer en el pasillo, descansando del tormento. El conductor me mira y sonríe.
–Los vi aproblemados chiquillos.
–Gracias, de verdad gracias.

Sentados en el fondo recobramos el aliento y revisamos las opciones de atención médica que hay. Ir a un hospital queda descartado, mi Fonasa indigente Tramo A asegura la defunción antes de siquiera llegar a estar en manos de un doctor. Tampoco podemos ir a una clínica, tenemos el dinero de Lechuga, pero no sabemos si lo necesitaremos a futuro. Varias calles más adelante recuerdo un dato que podría solucionar la gangrena inminente.

–Creo que sé dónde ir– Lechuga me mira de reojo, ladeando su cabeza levemente. –Hace un tiempo la Tamara estuvo enferma, tenía esa enfermedad que les da a las mujeres, eso de que no pueden mear por el frío…
–Cistitis.
–Eso. La cosa es que como era relativamente urgente y no queríamos esperar en la posta, fuimos a una consulta médica del Doctor Simi, nos atendieron en 15 minutos y gastamos solo dos lucas– Lechuga se incorpora, prestando más atención.
–¿Te acuerdas dónde quedaba?
–Sí, hay por todos lados. A la que fuimos esa vez queda camino a Estación Central, al lado del local ese donde las otakus compran pelucas, dónde está “El Rincón del Tata”.

Bajamos cerca de la Alameda. Antes de abandonar el bus, voy a la parte delantera y le dejo la carta de Mewtwo de regalo al chofer. Es sólo un pedazo de papel impreso, pero significa bastante. Espero que, independiente de las explicaciones que no le entregué, aquel buen hombre le dé un lugar especial.

Una interrumpida caminata bajo las últimas gotas del temporal nos deja en la puerta del consultorio. El lugar está pintado completamente de blanco, es un estrecho pasillo con asientos de espera a un costado, al fondo hay una mampara que divide la zona de espera del despacho de atención. Aparte de nosotros hay dos personas esperando, por el acento con que sostienen su conversación puedo notar que son peruanos y que no les ha ido muy bien en el trabajo. Una mujer acompañada de una anciana salen del despacho, el doctor hace una revisión general de la sala, al vernos empapados y con una huella de sangre que nos escoltaba desde la puerta, nos indica con la mano, somos los siguientes. Los peruanos no alcanzan a odiarme por saltar la espera, Lechuga me remolca rápidamente dentro de la oficina.

–Cuénteme amigo, ¿qué le pasó?– El hombre ayuda a Lechuga a subirme en la camilla. Es un tipo entrado en los 50 años, gordo, con el mentón redondo y ojos pequeños tras sus lentes. Cuando atendieron a Tamara aquí lo primero que le pregunté fue si el doctor se parecía al Dr. Simi, me desilusioné un poco cuando me dijo que no; ahora que lo veo en persona terminé por sepultar la magia.

Mientras intento quitarme el calcetín, que parece estar pegado a la herida, le invento un muy detallado accidente laboral que involucra una carga de materiales de construcción, un sistema de poleas en mal estado y un fierro para hacer cadenas de construcción que saltó en dirección a mi pie.

–Ah, un balazo. Recuéstate en la camilla– La creatividad improvisada no puede hacer nada contra años de experiencia. Lechuga me hace un gesto, va a llamar a la Tamara. Pensé en detenerlo, pero de todos modos me verá llegar con el pie vendado. Se retira del despacho, una mirada furtiva antes de salir me susurra “encárgate de la situación”.
–¿Tú sabes que debo dar constancia a Carabineros si atiendo una herida de esta naturaleza, cierto?– De alguna manera lo imaginaba, la suerte nos había coqueteado por mucho rato, ya era necesario que se reestableciera el orden natural.
–No, pero… No es necesario ventilar tanto las cosas, debe haber alguna manera de llegar a un acuerdo…– Siempre se puede pagar para que el flirteo con la fortuna siga su curso–… Lo invito una chorrillana– Fue lo primero que se me ocurrió. Ahora que lo pienso, no es un soborno muy convincente. El anciano rasca su cabellera gris con los dedos, me observa fijamente por incómodos segundos.
–¿Perdón? ¿Es una broma cierto?– La puerta se abre.
–Mi amigo tiene que estar hablando por el efecto de la morfina…– Lechuga vuelve al despacho e irrumpe en la conversación, mientras intenta distender el ambiente, acomoda intencionalmente un par de billetes que sobresalen de su bolsillo.
–Pero, no me han puesto morfina…
–Tú cállate.
–¿De qué tipo de chorrillana estamos hablando?– El doctor arquea las cejas– ¿Esas que traen trozos de carne de vacuno, cerdo, pollo, cebolla caramelizada, chorizo y están cubiertas con queso derretido para levantar el sabor? ¿O solo las que traen papas de bolsa y churrasco cortado en tiras?– Me pierdo en las analogías y el mensaje codificado, solo me queda observar el partido de tenis que juegan entre los dos.
–De las que usted prefiera, doctor, mientras quede satisfecho, todo bien.
–Me parece, una contundente entonces.

El médico sigue con su trabajo, me explica que tuve suerte, la bala pasó entre las falanges y sólo una está comprometida. Aun así el hoyo es horrible, de intentarlo probablemente pueda pasar un dedo a través de él. Con la calma llega el irremediable momento de las preguntas. Logramos escapar a salvo de la situación, pero forzando algo que podría gatillar quién sabe qué. En mi caso, el problema mayor es cómo queda expuesta la mentira. El supuesto empleo, el supuesto sueldo, las buenas intenciones, la relación con Tamara, todo eso está en duda.

–Cada fin de mes tengo que llegar con plata a la casa ¿de dónde la voy a sacar?– El doc. no se inmuta, sigue con las curaciones, ni siquiera una mirada de soslayo ni una respiración fuera de lugar. Lechuga tendrá que pagar muy bien por su silencio– ¿Vamos a inventar otro trabajo? No creo que resulte.

Permanecemos callados por varios minutos, por más que nuestras mentes den vuelta por la habitación pensando en las soluciones, solo nos topamos con nuestros semblantes preocupados. Lechuga descompone la quietud.

–Tenemos que volver. Hay que seguir con esto o nos van a perseguir hasta estar enterrados…– No hay mucho que pensar o que rebatir, la puerta se abre de golpe, Tamara entra a la sala. Me abraza fuerte y no me suelta. Me pregunta cómo estoy, qué tan grave es y cómo pasó; no contesto, las últimas palabras de Lechuga se quedaron nadando en el aire y siguen atravesadas en forma de frustración en la garganta. Me topo con los ojos de Tamara, están vidriosos, me da besos en las manos a pesar que la herida está en mi pie. Realmente está preocupada. Yo también, en el fondo, sé que volver es la única salida.

Written by E. Lara

Periodista. Fundador de Misanegra.cl, Editor General en HxcLife.com | Ateo, zurdo, insomne, colon irritable crónico, coleccionista de música.

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