–Bajo “Interviewer’s Questions”, lo que me deja revisar las próximas 8 cartas de mi deck, sacar todas las energías que pille y ponerlas en mi mano….– Estoy en la recta final, a segundos de ganar. Solo debo eliminar uno más. Lechuga mira sobre mi hombro izquierdo, asegurándose de que la probabilidad nos favorezca. De frente tengo a un tal Víctor, mi rival. Un cabro con acento de huaso, pelo engominado, labios rugosos y una camisa a cuadros abotonada hasta arriba. Su actitud demuestra que cree ser bueno en lo que hace. Ese es su principal error: no lo es, ni en el más remoto de los casos. Antes de jugar me explicaban que entró hace varios meses al bloque. Su desempeño decayó, volviéndose uno de los peores del lugar; en resumidas cuentas, estoy dándole el tiro de gracia antes que decidan “despacharlo”. Sobre el otro hombro, como una molestia constante, he tenido al Cheo pidiéndome disculpas. Sí, el mismo flaite que intentó matarme.

–Puta hermanito, no era mi intención, pero en volá tenis que estar más vi’o pa’ la otra…–  Lo ignoro, tengo que concentrarme en la mesa y en cómo le doy las malas noticias a Víctor. Cargo mi Vaporeon con una energía agua y ataco.
 –Uso “Dual Splash”, le hago 30 de daño a dos Pokémon que tengas en juego, escojo el Liepard activo y al Slugma que tienes en banca– Al Slugma le quedaban solo 20 de vida, está muerto y con eso las esperanzas del chiquillo. Sus ojos vacíos me piden ayuda. No puedo, no lo tengo permitido. Me volví, sin darme cuenta, otro sicario más. Quizás no con un arma, pero sí mutilando sus esperanzas.
–Buena pelea– Estrecho su mano. A pesar que haya sido mentira eso de que fue un rival digno, no le deseo la sensación de paranoia a nadie. Cheo sigue hablando mientras Lechuga recoge los fajos de billetes de la mesa; 450 mil pesos en 10 minutos, más rentable que cualquier otro negocio decente que se me pueda venir a la mente.  El tirador impulsivo nos sigue con insistencia dentro del local, Lechuga intercede a favor de la situación.
–Tranquilo Cheo, ya entendimos que no era tu intención dejar a este otro usando muletas. No hay resentimientos, ahora ¿podemos ir donde Don Pablo? nos está esperando.
–Hermano, si uno puro hace su pega no más…– El Cheo agacha la cabeza y se pierde entre la gente, camina sobándose la cara, se toca la herida abierta y las costras esparcidas irregularmente en su frente. La pateadura que le dieron por el intento de asesinato fue grande,  tan grande que hizo que perdiera su orgullo.

Un mes después del “evento”, ya estábamos integrados. Tuvimos que pasar por un proceso de adoctrinamiento a base de amenazas sutilmente encubiertas. Cada vez que tengo que jugar me revisan el deck, auscultan cada plástico esperando secretamente que fallemos y que con eso tengan chipe libre para reducirnos. Sé que nos odian por ser el elemento extraño, pero no pueden hacerlo evidente, al menos no mientras siga ganando.

Llegamos a la oficina de Don Pablo pero no podemos entrar de inmediato. Sus guardaespaldas nos detienen en la puerta, según nos explican está cerrando un trato.

–¿Qué va a pasar con el chiquillo ese, Víctor?– Veo cómo Lechuga acomoda los fajos en el canguro de su polerón, son tantos paquetes de dinero que se salen del bolsillo.
–Supongo que no es rentable tenerlo. Estaba por debajo del jugador promedio, aquí la gente va y viene, no se sabe si es por decisión propia o porque hablaron mucho. Creo que para allá va encaminado.
–Qué alentador, eso me empuja a seguir jugando sin presiones… Por cierto, ¿por qué crees que nos mandaron a llamar? La entrega es al final de la noche, todavía alcanzamos a meternos en dos o tres mesas más.
–Estamos por averiguarlo…– Del despacho sale la pendeja de tetas puntudas, corrigiendo el lápiz labial esparcido por su rostro, lleva los calzones mal puestos y mojados. Puedo imaginar de qué iba aquel importante trato. Entramos.
–¡Mis campeones! Pasen, tomen asiento– Extiende la mano para saludarme, me hago el tonto y paso de largo. Prefiero no tener ningún tipo de contacto físico con él después de su estupro express. –Perdonen el desorden, las cochinas están cada vez más salvajes– Carcajea como es habitual, lo que me da más asco. Lechuga se hace el desentendido y comienza apilar los billetes sobre el escritorio –Supe que el Cheo les pidió disculpas hoy. Estuvo de vacaciones un tiempo en el hospital, ahora recién se está re–integrando. El chiquillo es muy impulsivo, aquí somos protectores fieles de la libertad de expresión, salvo en casos así, en donde la Lex Talionis les arregla el caracho– Su forma práctica de ver la vida me da escalofríos, en cualquier momento podemos dar el paso equivocado y terminar nuevamente frente a un cañón.
–Pero Gonzalo, guachito, siéntate, tengo que hablar algo serio con ustedes.
Pfff… Gonzalo– Lechuga me golpea con el codo al momento de tomar asiento.
–He estado al tanto del desempeño que llevan desde que volvieron, no crean que no lo he notado. El cabro aquí tiene talento pa’ las cartas. Cuando con pocos recursos puedes lograr muchas cosas te das cuenta que es algo innato.
–Gracias…– Aún espero que ponga un “pero” a la conversación, los halagos me causan nervios, sobre todo en un lugar al que aún no se le va el olor a pólvora.
–Quiero que sepan cómo funciona este lugar. Fundé “Ambrosia” con altura de miras, siempre supe que podía hacer cosas grandes, con gente igual de ambiciosa que yo; esto no es solo un cahuín, no, lo considero mi pequeño nido de talentos– Habla de forma apasionada, como un padre orgulloso hablando de su niña. Salvo que en este caso aquella hija es una ninfómana que se alimenta del alma de todos los participantes del circo. –… Pero no es suficiente, nunca es suficiente. Creo que ya se habrán dado cuenta que no somos los únicos. Aquí contratamos y formamos jugadores para circuitos más grandes. Más dinero, más gente, mayor reconocimiento. La mayoría de los que juegan no logra ver más allá de su nariz, buscan satisfacer el momento. Ustedes son diferentes, tienen ese brillo en los ojos, están enfocados en ganar y eso me gusta. No son muy diferentes a mí, ¿a cuántos han tenido que engañar para llegar a estar sentados donde están ahora?– Sus palabras me provocan un repentino dolor detrás de los ojos. Pienso en Tamara, en cómo ella asegura y probablemente presume mi ascenso en la pega, la única forma que encontré para justificar la despensa llena, el calentador de aire, el mueble del televisor y la DS de segunda mano que compramos con mi primera paga.

–Seré sincero. Quiero que “Ambrosia” crezca, quiero que sea reconocida, que esté en la boca de todos, que todos le tengan miedo. Pero para lograr eso necesito dar un golpe grande, ahí es donde creo que ustedes me pueden ayudar– Lechuga lanza un vistazo nervioso y vuelve a prestar atención, hemos aprendido a controlar el descontrol.
 –Nada de platas a medias como lo de ahora,  quiero que se preparen para participar en La Liga…
–¿La Liga?
– Ocho jugadores. Uno por cada bloque “emblemático”. Apuestas en grande y la posibilidad de expandir el negocio más allá de las fronteras. Los últimos que ganaron, unos huevones de La Reina, murieron en una balacera en Ciudad Juárez. Sí, hasta allá lograron moverse. Si lo hacemos bien y somos más inteligentes que ellos, la próxima vez que nos sentemos a hablar de esta manera no será en esta oficina, quizás ni siquiera bajo este mismo cielo– Cada progreso dentro de todo esto nos entierra un poco más en el fango, sin embargo las promesas de bienestar son tentadoras. Vivir sin problemas, asegurar años de mi futuro y el de Tamara no es un detalle menor. Pero el riesgo en este tipo de cosas no es algo que se pueda medir más que con la intuición, y puedo intuir la catástrofe cada vez que trasnocho entre ataúdes.
–¿Está seguro, Don Pablo? Llevamos muy poco tiempo aquí y eso suena a una responsabilidad enorme. Aún no nos ha examinado lo suficiente, qué pasa si…– Lechuga interviene, levanta su mano para que me quede callado, pregunta suavemente.
–¿Tenemos opción?
–Por supuesto que no– Creo que todos vimos venir eso. Hacemos una pausa, abrazamos la resignación. Ahora somos su perra y nos debemos dejar manosear cuando él estime conveniente. –¿Cuánto tiempo tenemos para prepararnos?
–Cinco meses. Lo suficiente para que tengamos depositado el cupo y Maximiliano pueda conseguir un mazo como la gente. Véanlo de esta forma, les ofrezco ir donde ningún otro ha llegado, seremos socios, partners de trabajo– Lo dice de una forma tan alegre que casi olvido la imposición– El problema que tenemos ahora es la plata, no somos un bloque influyente, para algunos ni siquiera estamos en el mapa. Quiero que visiten a un conocido…– Hurguetea uno de los cajones del escritorio de forma insistente hasta que logra sacar una tarjeta. Me la pasa –…llevamos años sin hablar, por un asunto de diferencias creativas, pero creo que él nos puede ayudar. Tiene una Pyme que le está reportando buenos ingresos, de cuatro a cinco veces lo que hacemos nosotros. Hablen con él, explíquenle el proyecto. Lo ideal sería que se volviese el mecenas, el hombre detrás de las finanzas. Los millones para la inscripción no le significan mucho, porque está claro que si no pudieron pagar el pie inicial para entrar aquí, no podrán con lo que se viene– Levanta el teléfono, a medias escucho que le pide a uno de sus guardias que mande a llamar alguien. Aprovecho la instancia para hablar con Lechuga, quien quedó con  sus cejas arqueadas y los labios apretados de forma permanente.
–Veamos el lado bueno, ya no tengo que mentir por el ascenso…
–Habrá que empezar a buscar una excusa de cómo un accidente laboral en Sodimac te cortó la cabeza, digo, en caso de que pase– Don Pablo no despega la oreja de lo que hablamos, sonríe al escuchar el sarcasmo de Lechuga en acción.
–Creo que ahora podemos tomar más precauciones, tenemos al jefe de nuestro lado, ¿cierto?– Un frío “no” acompañado de un meneo de cabeza me cierra las puertas. Vuelvo a Lechuga solo para recibir un “te lo dije” mudo –…¿Compramos una Kalashnikov entonces? y me defiendes en los duelos ¿eh, Lechuguita?
–A ver chiquillos, para dejar las cosas más claras, esto no es Modern Warfare ni nada parecido, la violencia es necesaria, sí, pero solo como mecanismo de impulso. Ustedes son el mejor ejemplo, entraron con ganas de cagarme y ahora caminan derechito, hasta billullo me dejan en la mesa– Me palmotea la espalda, desencajándome lo poco bueno que quedaba ahí dentro –…La Yasmín trabajó un tiempo con mi conocido, ella los acompañará como testigo de fe. Vayan, hablen, véndanle la pomá  y vuelvan con buenas noticias– La flaca quinceañera nuevamente se nos cruza, ahora sabemos que además de calentura, tiene nombre. Luce considerablemente repuesta y con la ropa más ordenada.
–Vístase, hija, va a acompañar a los niños a hacer un trámite–. Antes de marchar se gana un pellizcón, el hierro que marca el ganado, la seña de que todo lo construido en torno a este lugar tiene un solo dueño.

Esperamos fuera de la funeraria a que nuestra acompañante esté lista. Lechuga se acomoda los guantes y el gorro de lana, como los caballeros que arreglan su armadura antes de partir a la cruzada. Yo solo me remito a exhalar aire caliente para formar vapor.  No viene al caso discutir nuestras decisiones dado que nunca tuvimos opción; por ahora tenemos una tarjeta con un nombre, una carga sobre nuestras espaldas que no sabremos cuánto pueda llegar a pesar y a una pendeja abusada que será nuestro faro guía en lo desconocido.

–¿Qué dice la huevada esta?–  Lechuga me quita la tarjeta. La miramos juntos.

 Salomón Ginebra, Gestor Audiovisual.

Written by E. Lara
Periodista. Fundador de Misanegra.cl, Editor General en HxcLife.com | Ateo, zurdo, insomne, colon irritable crónico, coleccionista de música.