–Salomón Ginebra ¿Qué clase de nombre es ese?– Mentalizados y auto convencidos de que la tarea que llevamos por delante solo será un trámite rutinario, caminamos en busca de locomoción. Yasmín, la niña encargada de servir las perversiones de Don Pablo, nos acompaña para ser nuestro aval de confianza en la conversación.

–Se me hace familiar, me suena, pero no recuerdo de dónde– Lechuga le da vueltas a  la tarjeta pero al igual que yo, no parece encontrar más que letras en ella. Nos queda enfrentarnos al asunto sin anticipaciones.
–Tú trabajaste con él ¿es mala onda?
–Era muy abusivo, así que me fui. Don Pablo me trata mejor, los horarios son más flexibles y la paga es mayor. No hay dónde perderse– La chiquilla camina haciendo sonar sus tacos de forma escandalosa; no puedo evitar reparar en ese detalle y en que considere la posibilidad de que Don Pablo sea algo parecido a un buen patrón. Eso no es un buen augurio para nuestra visita.
–Espera, ¿en qué dijiste que trabajabas?
–Ya vas a ver. Vamos al barrio “10 de julio”, por cierto, para que se hagan una idea…
–¿Barrio “10 de julio”? Ah, el socio de Don Pablo vende repuestos de autos– Yasmín automáticamente se ríe, se tapa la boca con una mano. Otra raya que sumar al marcador.
– Claro, repuestos de autos…. Hueón tonto.
–¿Por qué te ríes?– Me detengo para abordar el asunto con seriedad, pero a nadie parece importarle, siguen caminando y me dejan atrás. Acelero el paso, me quedo junto a la niña– Espera, ¿qué edad tienes? No me puedes tratar así, soy más viejo que tú. Te crees grande, pero ni siquiera viste Pokémon en “El Club de los Tigritos”…
–Max deja a la niña tranquila.
–No, pero mira, algo sabe y no nos quiere decir, nos van a cagar a palos de nuevo, si no ¿por qué se ríe?
–¿Porque soy risueña quizás?– Me cierra un ojo. Es el último indicio, el beso de Judas antes de nuestra crucifixión.

Los primeros rayos de sol llegan avanzadas las horas, como un mal intento de abrigo en días escarchados como hoy. Según nuestra guía turística estamos por llegar al lugar, los locales forrados en repuestos de autos indican que tomamos el camino correcto. La gente ya está en pleno proceso de activar el día, la mayoría son trabajadores de los locales. Los ruidos metálicos ya son parte de la música ambiente. En la esquina de 10 de julio con Fray Camilo Henríquez, Yasmín nos detiene con una voz canturreada.

–Ya galanes, es esa casa amarilla de allá…– Indica una casa de dos pisos junto a una vulcanización –…la de los stickers en la puerta. Toquen el citófono, yo los alcanzo, estoy congelada y quiero ver si me consigo un café– Esto es parte de la maquinación de seguro, la emboscada se mostraba de forma muy clara, era demasiado evidente para no darse cuenta de que nos estaban guiando de hocico a una trampa. Lo bueno es que ya tenemos experiencia en cosas así, no caeremos de nuevo…
–Ok, te esperamos adentro entonces.
–Pero güeón, ¿cómo no ves que nos está mandando solos para que nos saquen la cresta?– Antes que Lechuga pueda responder, nuestra acompañante nos lanza un beso burlesco a la distancia.
–Vamos, quiero salir luego de esto, volver con las buenas noticias donde Don Pablo y ver si podemos comer algo.– Frustrado, cruzo la calle pisoteando el pasto del bandejón.–¿Al menos ya recordaste de dónde conoces al tal Salomón Ginebra?
–No, pero su nombre se me hace familiar. Puede que lo haya escuchado de la boca de Don Pablo antes y por eso me parece conocido–  La puerta está cubierta de adhesivos con Tags que apenas logro entender. Tocamos el timbre una, dos veces. Nada. Tres. Nada. Comenzamos a creer que el botón está malo. Intentamos una cuarta vez. El crujido mecánico nos abre el paso a la, hasta ese minuto, inocente casa.

Apenas cruzamos el umbral, Lechuga reacciona. Mueve su cabeza, como si estuviese examinando el aire. Me pone nervioso, miro alrededor y solo veo un corredor con las paredes desgastadas que da a una pieza contigua.

–¿Sientes ese olor?
–La verdad no, ¿olor a qué?– Resolvemos el pasillo y nos topamos con una sala de espera, hay tres mujeres sentadas, sus ropas no dejan mucho a la imaginación y sus carnes están expuestas a través de los pocos trozos de tela que llevan encima. Una, la que parece más joven que el resto, está con la mirada perdida en un afiche de un pico de plástico enganchado en la pared contigua a la entrada, mientras lo observa se acomoda el cabello apelmazado, intentando aplanar un bucle que no tenía presupuestado. El resto inclina su cabeza al notar nuestra presencia, segundos después vuelven a su estado de indiferencia anterior –…olor a maraca.

En una de las esquinas del lugar, y cercado por paredes tapadas en afiches de revistas porno baratas, hay un escritorio metálico; tras él está el recepcionista con cara de duda. Es un hombre joven de raza negra, su mirada parece amable, aún así decido permanecer en alerta, más por la rareza del sitio que por la intimidación que ofrecía.

–Caballeros, ¿en que los puedo ayudar?– Su acento es extraño, cuesta entender las palabras a buenas y primeras. Como Lechuga parece estar en su hábitat natural, prefiero que él se haga responsable de la situación.
–Estamos aquí para hablar con Salomón.
–¿Por cuál de los avisos del diario vienen?
–No, no… Nuestro jefe nos mandó a hablar con él, Pablo, Pablo Ranieri. Es por un negocio, un asunto de dinero que le puede interesar.–  El hombre nos hace un gesto, que tomemos asiento mientras él le pasa el aviso a su jefe. Nos sentamos en unas sillas plásticas frente a las tres visitantes y me entretengo mirando a las mujeres. A pesar del clima de la temporada, el ambiente está tibio, siento olor a estufa pero no la veo por ningún lado. Pasan 20 minutos y no tenemos ninguna noticia ni del negro ni de Yasmín, que no aparece por ninguna parte. El aroma a transpiración hace que el ambiente esté denso, de a poco nos hemos ido desabrigando, pero no lo suficiente como para igualar a nuestras compañeras de espera, a quienes el sudor se les acumula en la frente y les gotea escurriendo parte del maquillaje. Extingo los minutos viendo las fotos en las paredes, hombres con mujeres, mujeres con mujeres, hombres con hombres, dos hombres y una mujer, tres hombres dándose huaraca entre sí, una mujer follándose a una máquina parecida a un motor de una lavadora equipado con un mástil y un consolador… Mi reacción llega algo tarde, pero llega.

–Lechuga… Creo saber qué está pasando aquí…– Le susurro para que nadie lo note, sin obtener una respuesta –¿Lechuga?– Como si estuviese hipnotizado, mi compañero de aventuras está pegado, asimilando hasta el último detalle, absorbiendo los colores y formas del sitio  –¿Ya recordaste quién es, cierto?
–Salomón Ginebra es uno de los directores de porno underground más polémicos de los últimos 10 años. Sus métodos nunca fueron bien recibidos por nadie. Es un visionario, fue el primero en meter conceptos como el scat o el cumswap a los videos de acá…
–Espera ¿Qué es esa mierda?
–Googléalo.
–No sé si quiero averiguarlo ahora. Prosigue.
–Al comienzo tenía una productora bajo su nombre, muy alumbrado quizás. El dedo inquisidor hizo que tuviera que dejar de lado sus intenciones reales, el público y sus propias actrices no estaban preparados para todo lo que él podía entregar. Desde ese punto a la fecha ha armado tres o cuatro productoras ficticias con las que publica porno en los límites de lo legal, si tienes ojo entrenado puedes saber cuáles son las películas que pasan por su manos.
–¿Mucha bestialidad acaso? ¿Algo como el tipo que le chupaba el pico a un delfín?, ¿enanas albinas?, ¿la sordomuda que hacía gagging?
–No, eso es caricaturesco, esto es una mierda más real, más artística. Es como si Francis Bacon se dedicara al porno.– Dos minutos avanzada la conversación, el asistente de Ginebra nos da el paso. El set de grabación está equipado con dos estufas gigantes, eso y los focos rojizos que sirven de iluminación, dan la sensación de estar entrando a un trozo privado del infierno. En medio de las luces hay una cama que simula un altar, está deshecha, con las sábanas chorreadas. Ayudando al desorden, una pareja se revuelca de forma bulliciosa. La situación, desde mi punto de vista, no se ve muy ortodoxa, pero prefiero no observar mucho y enfocarme en nuestro objetivo, empujo a Lechuga para que reanude su andar. Tras una de las cámaras que apuntan a la acción, hay un hombre que reacciona ante nuestra presencia.

–Ya chicos, tomen un descanso, tengo visitas… Y que no se te baje la corneta, no te pago para fomentar la flacidez. Sigue con lo tuyo allá adentro– Le habla a sus empleados, quienes al instante se retiran y nos dejan solos.
–Salomón Ginebra para servirles, ¿a qué debo el gusto de la visita?–  Es un hombre alto, dos metros fácilmente, de brazos largos y delgados. Está vestido completamente de negro, salvo unas botas de vaquero rojas, con la punta metálica. Su cabello está desordenado, como si no se hubiese peinado en días, la extraña apariencia se completa con unos bigotes largos y enroscados, de cierta forma sí parece un pintor, o un artista, tal como decía Lechuga.

–Señor Ginebra, estamos aquí de parte de Don Pablo. Estamos armando un proyecto y creemos que su participación podría…
–¡El viejo Pablo! ¿Cómo ha estado? Cómo va el negocio, ¿apuestas cierto?– Nos sonríe amablemente, su preocupación se ve sincera, mientras habla manotea la espalda de Lechuga, pero de una forma normal, no como el método cavernario de Don Pablo.
–Sí, tiene a “Ambrosia”. De eso se trata el negocio, la funeraria es un lugar acogedor, pero necesitamos hacer que crezca y como somos socios en esto…
–¡Y ustedes son sus socios! ¡Ustedes trabajan con él! Pero qué bien, me gusta la gente con iniciativa, jóvenes emprendedores como ustedes compartiendo responsabilidades con su jefe. En este mundo eso es común, compartir las cosas. Lo que es tuyo es mío, lo que es mío es tuyo. Es por eso que hago lo que hago. Me gusta compartir a mis chiquillas, me gusta que todos le hagan a mis niñas lo mismo que les hago yo. No tengo problemas con que se lo manden a guardar, por donde quieran. Lo que no me gusta es que lo hagan sin mi permiso. Porque eso es equivalente a que me estuviesen culeando a mí. Sí, a veces me puedes pisar a mí, y quizás me guste si lo sabes hacer bien, pero me tienes que avisar y seguiremos siendo amigos como siempre…– Algo va mal en esto, miro de reojo a Lechuga, quien devuelve la mirada y un gesto con la mano que no puedo interpretar bien–…porque si me lo pones de sorpresa me va a doler, me va a molestar. ¿Qué pasaría si además de eso te vas cortado en mi cara? pero no solo salpicando, sino que me lo refriegas, esparces el semen por todos lados, humillándome, y para comprobarlo me mandas a dos de tus pelmazos, a dos de tus nuevos pendejos maricones… A tomarme una foto, para que la puedas tener enmarcada en tu escritorio, junto a las fotos de tu flotilla de camiones que jamás existió….  No puedes esperar a que esté feliz. ¿Cierto?
–¿Qué?– Antes de volver a hablar a nuestro favor, veo como el rostro de Ginebra se desfigura, se contrae, se vuelve borroso de un segundo a otro. Intento abrir los ojos, pero el dolor sólo me permite sujetar mi nariz y tratar de contener el chorro de sangre. El golpe retumbó en mi cabeza y, mientras caigo de rodillas, veo cómo el extraño personaje se langüetea los nudillos y gira en dirección a Lechuga.

–¡Max! ¿Qué chucha?– Lechuga salta a defenderme, se monta sobre Ginebra para golpearlo en la cabeza, veo cómo forcejean, el sentido común me dice que si no hago algo mi amigo perderá ese round. Sin pensarlo me levanto y tackleo a la masa en movimiento, los tres caemos al suelo, tengo la ventaja ya que estoy sobre la espalda de nuestro nuevo enemigo, intento golpearle las costillas, pero se mueve hacia los costados para evitar mis puñetazos.  –¡Mátalo, hueón, mátalo!

Pongo una rodilla sobre su cuerpo para evitar que se escabulla, antes de siquiera intentar algo, siento un intenso golpe en mi espalda, un duro puntapié me desestabiliza. Giro un poco para ver al perpetrador, el actor porno que se había retirado a descansar me ataca a culo pelado, comienza a ahorcarme con ambos brazos tumbado sobre mí. Me arrastro un poco por el piso para quitarlo de encima, no puedo. Veo cómo Lechuga se levanta confundido, no sabe si atacar a Ginebra o si defenderme a mí.

–¡Lechuga! ¡Me está enterrando el pico en la espalda! ¡¡Ayuda!!– Patea débilmente al culeador karateca, lo suficiente para que afloje su agarre y me permita arrastrarme lejos de su tercera pierna. Corro en dirección a Lechuga, lo sujeto como puedo y lo arrastro hacia la puerta. Ginebra nos sigue, solo quedan un par de metros antes de salir,  un par de metros que se vuelven eternos al ver una silueta entorpeciendo el paso. El negro recepcionista nos espera machete en mano. No es opción; ni intentarlo, ni probar qué tan filoso es el cuchillo. 
–Jonás, ¡que no se escapen! 

Miro alrededor. Arriba de la cama hay una ventana, Lechuga parece entender mi idea, corro en dirección a nuestra improvisada salida de emergencia, veo cómo Ginebra se apura hacia el mismo lugar. Queda tan poco. Pongo un pie sobre la cama, sólo un par de pasos más. No son suficientes. Salomón me alcanza, me empuja y me saco la cresta, impactando sobre uno de los focos del set. Siento los vidrios molidos sobre mi pecho y rostro, los saco de encima como puedo, no sin cortarme un poco los dedos. Intento mover el pedestal que me tiene atrapado, antes de desenrollar los cables me agarran de la ropa y me lanzan sobre la cama. Uno, dos golpes. Mi cara suena al recibir los puñetazos.

–Tu jefe se llevó a mis chiquillas…– La cama está mojada, probablemente húmeda por la transpiración de todos los que culearon antes de que llegásemos acá. Tres, cuatro golpes.–…dejó un puterío vacío con sus promesas de “mejor trabajo”. Me dejó en la banca rota, tuve que partir de cero…– Cinco. Siento todos los dientes sueltos. Veo de reojo a Lechuga impotente, preso por el tipo del machete–…y ahora me manda a sus soldaditos a que se caguen de la risa de mí y espera que haga negocios con él…– La sangre chorrea de la nariz y se asienta en uno de mis ojos. Arde. Parpadeo para evitar la sensación, pero solo hago que escurra dentro de él. Lechuga intercede.
–Ginebra, Ginebra…..Podemos hacer algo por ustedes, cualquier cosa. Danos algún trabajo para ganarnos tu confianza, trabajo sucio, lo que sea. Verás que somos derechos, hay plata en lo que ofrecemos… te podemos compensar lo que sea que te hayan quitado… e incluso más. Hagamos un trato…
–Sí, Salomoncito… Podemos trabajar todos juntos. Como Los Jaivas…. todos juntos– Es lo único inteligente que puedo decir con este mareo, solo quiero comprobar que los dientes sigan donde siempre.

Se detiene. La tormenta de golpes cesa. La tormenta de golpes me jala del cuello de la polera y me sienta en la cama. Su lengua tibia lame algo de la sangre de mi mejilla. Solo me remito a mirar el hilillo de saliva que separa mi rostro de la pervertida mueca de Ginebra.

–Muy bien chiquillos, lo lograron. Dijeron la palabra mágica.
–¿Salomoncito?
–Trato. Ahora van a trabajar para mí, van a experimentar qué se siente hacer un pacto con el diablo…– Jonás, el negro asistente, suelta a Lechuga y le acomoda la ropa. Junto a él está el hombre desnudo y su erección inamovible, cruzado de brazos sonriendo en forma de aprobación. Espero que el “trato” no involucre nada del panorama que tengo frente a mi nariz. Sino ¿cómo se lo explico a Tamara?

Written by E. Lara
Periodista. Fundador de Misanegra.cl, Editor General en HxcLife.com | Ateo, zurdo, insomne, colon irritable crónico, coleccionista de música.