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POKE – Capítulo #012

–Aprieta los cachetes….
–¿Los aprieto o los separo pa’ que sea más fácil?
–Cómo sea, solo quiero terminar rápido…– Los sacrificios siempre son por una recompensa, pero cuando involucran a alguien desnudo, respirando agitado muy cerca de ti, esa recompensa parece algo tan lejano que ni siquiera logras identificarlo en el horizonte. Luego de presenciar un enema de Carlita, tener que pintar su cuerpo con látex líquido era un juego de niños. La escena a rodar estaba bien definida, Ginebra nos explicó los pormenores y todos los detalles explícitos que tendríamos que presenciar minutos más tarde. Carlita sujeta sus nalgas mientras la brocha empapada cubre los últimos centímetros de piel, Lechuga me observa a la distancia y sonríe por mi incomodidad ante el trabajo.

Este tipo de situaciones no estaban incluidas cuando decidí aceptar el empleo, condicionados por las circunstancias o no, no estaba preparado para interactuar íntimamente con un travesti portador de una erección dos veces más grande que las que yo puedo conseguir. Termino mi labor, sigo las instrucciones de Salomón, quien me indica que debo alejarme del “cuadro”. Mientras ajusta las cámaras, tres actores grandes, fibrosos como toros salen de los camarines, están desnudos y listos para la acción. Más pronto que tarde te acostumbras a la desnudez, se hace parte del decorado. Lo único que me sigue incomodando es el espeso olor a piel del lugar. Está impregnado en la ropa, aguantar la respiración no sirve porque está adherido a mi nariz y paladar.

–Estamos listos para grabar…– Salomón da la señal. Los tipos empiezan a cercar a Carlita, como hienas que intentan cazar a un animal atontado. Es una batalla de coliseo romano en donde las armaduras de metal fueron reemplazadas por una fina capa de látex negro. Las fricciones y quejidos se amplían por más de una hora, se extienden por órdenes de Ginebra, quien ausculta la situación al detalle, supervisando todo en primerísimo plano. Los bruscos movimientos hacen que mi abnegado trabajo haya sido en vano, los trozos de plástico cuelgan como una muda de piel que quiere abandonar el amasijo de cuerpos. Lechuga se mantiene atento durante todo el rodaje, observando con mayor detenimiento los tramos donde los objetos inanimados se sumaban a la dinámica.

–¿Quién va ganando?
–Creo que Carlita, es flexible en todo sentido, la DP no le hizo ni cosquillas.
–¿La qué? No, olvídalo, no me expliques. Por cierto, ¿qué vamos a hacer? Tenemos que convencer a este hueón, no podemos volver con las manos vacías dónde Don Pablo. Hasta el momento no hemos sacado nada y la hora sigue pasando.
–Mírale la cara…– Ginebra se muerde los labios mientras enfoca su cámara, parece disfrutar con cada empellón, los que imita con su propia pelvis– …Está en su peak. Realmente está gozando todo esto. Creo que tengo un plan.
–¿Si?
–Sí. ¿Has escuchado que hay ciertos momentos en donde no se puede negar una proposición? Imagina que estás cagando, en plena acción, y alguien entra de sorpresa a pedir plata prestada, lo más probable es que digas que sí para que salga de ahí y te deje terminar tranquilo. Vamos a usar esos momentos vulnerables a nuestro favor.– Sin consultar nada más, seguimos adelante esperando el momento exacto en dónde Lechuga echará a andar su idea.

Permanecemos activos por el resto de la filmación; tuvimos que espantar a un par de moscas inoportunas que se detuvieron a arruinar algunas tomas, enfriamos los focos con un ventilador casero y fuimos testigos de un lentísimo y tortuoso parto anal. Los resultados dejan de buen humor a Salomón; cuando declara el fin de la grabación, Lechuga se acerca a perpetuar su estrategia. Mientras me calzo los guantes de caucho que me facilitaron para recoger algunos desechos biológicos de la escena, estiro la oreja para captar la conversación.

–Qué bueno que no uses el típico cliché del creampie para el final. Ahora hasta el felching está sobre utilizado.– Lechuga enrolla los cables de la cámara mientras espera haber captado el interés de nuestra víctima. Ginebra lo mira de reojo escurriendo debilidad por el rabillo, su ego fue manoseado y como cualquier artista, tiene sed de atención.
–El parto anal es más romántico. Poético. Por lo mismo intento mantener la tradición cómo fue pensada en sus inicios. No hay mejor sensación que un pescado frío deslizándose afuera por la tracción muscular, saliendo con las escamas abiertas, enganchadas en las carnes, rompiendo todo a su paso.
–He visto ejemplos con objetos de plástico o verduras, pero la ambición de todo ese desarrollo y preparación no lo había visto, al menos no dentro de lo que se hace por estos lados– El pecho de Ginebra queda expuesto al hincharse, el momento exacto para asestar un golpe. –Lástima que no tengas la distribución correcta. Si vivieses en Europa quién sabe cuál sería el límite–. Su semblante se reconfigura al escuchar las palabras, vuelve a la habitual mueca demoníaca.
–¿Qué sabes tú del negocio, pendejo? ¿Ah?
–Lo suficiente para saber que se necesita plata… Vas a terminar como Leonardo Barrera, con muchas ideas y nada concreto.
–Si sabes tanto, entonces puedes calcular mi patrimonio, güeón insolente, no necesito que alguien intente hacerse el erudito sobre mis propias decisiones.
–No, no dudo de eso, solo comentaba que tu visión tiene mucho futuro. Necesita un empujoncito extra, quizás esa inyección de capital que te hace falta se podría conseguir fácilmente si te asocias con Don Pablo…

El viento que se cuela por la ventanilla nos cae como un baldazo en el rostro, es incómodo, pero necesario. Después de haber estado horas encerrados en ese lugar,  la comodidad de una micro casi vacía no se cuestiona. Bajamos un par de cuadras cerca de “Ambrosia”. Caminamos en silencio, lento por el cansancio que llevamos a cuestas.

–No sé qué chucha fue eso de la corvina, pero… lo lograste. No puedo decir que fue una experiencia agradable, o que sea algo para poner en la lápida de mi tumba, pero siento que todo eso que pasó allá, el sacrificio y todo eso, es porque vamos a lograr algo, algo bueno– El optimismo se nos escapa al segundo, justo después de que Lechuga hundiera uno de los machucones de mi rostro.
–Busca alguna manera de curarte bien la cara, yo intentaré hacer lo mismo con mis costillas.

Instalados en nuestro infierno usual, donde todo parece inofensivo, somos recibidos con entusiasmo. Nadie parece preguntar por mi bienestar, al parecer la agresión es parte común en los tratos. A simple vista no hay rastro de Yasmín, según algunas de las chiquillas llegó temprano y trabajó a turno cambiado. Seguro no quería reencontrarse con nosotros.

–Mañana, a medio día en algún lugar “neutro”. Eso dijo.–
–Bien me parece chiquillos. Buen trabajo el de ustedes, demoroso, pero bueno. Esto nos va a reportar buenas ganancias, va a significar un nuevo y provechoso negocio por delante. Costará comenzar, pero con paciencia veremos los resultados. Ahora descansen, se lo ganaron. Yo me encargo de fijar un lugar y avisarle a Salomón– Las palabras de Don Pablo parecen algo ingenuas, no sospecha que su futuro socio hasta hace unas horas atrás mantenía firme la decisión de matarlo. Lealtades aparte, parecía casi necesario advertir que el panorama no podría ser tan alentador como se espera. Más como un favor humanitario que como un consejo de empleado.
–Jefe… Creo que Ginebra no estaba de muy buen ánimo, sería bueno que fuese preparado, digo, en caso de que algo malo pase.
–¿De verdad? ¿Se puso muy bravo con ustedes?– Nos miramos las caras, sin saber si es una broma o si las grietas de mi rostro realmente eran poco evidentes–. De todos modos ustedes lograron algo, lograron ganar su confianza, de lo contrario esto no hubiese llegado a buen puerto. Hagamos algo, ¿podrían asistir mañana como intermediarios de paz en el asunto? Solo será un trámite rutinario. Los espero a buena hora, de aquí partiremos a la reunión.

Pensamos pasar donde nuestro doctor de cabecera a que revisara las heridas, pero la simple idea de tener que salir a buscar alguno de sus antojos culinarios de mitad de madrugada desechó cualquier intento. Coordinamos la mentira que cubriría mis heridas, una pesada caja de herramientas cayó de la estantería, aterrizando, para mala fortuna, sobre mi cara. Es sencillo, creíble y coincidente con los moretones. Nos despedimos siguiendo cada cual el rumbo más expedito para adormecer aquel día de locos.

Después de rebasar el pavor inicial de Tamara y sus insistentes curaciones, pude descansar sin problemas hundiéndome en el colchón hasta que los huesos se volvieron líquido. Tuve que resumir mi cansancio a solo 8 horas de sueño, no es suficiente, pero estoy agradecido de que al menos la decisión de descanso aún esté bajo mi control. Al día siguiente encuentro a Lechuga en el punto habitual de reunión. Está comiendo limón con sal. Siempre he creído que la gente que come el limón así es obsesiva, esto termina por confirmar mi teoría. Compartimos nuestras expectativas del encuentro, ambos llegamos a la conclusión de que si logramos ser buenos mediadores todos podrían salir caminando en dos patas del lugar sin sufrir daño alguno.

Al llegar a “Ambrosia” vemos cómo la comitiva de Don Pablo está lista para partir, nos mezclamos con el ajetreo y luego de los saludos correspondientes esperamos por instrucciones.

–¿Es necesario llevar eso?– Don Pablo se hace acompañar por dos de sus secuaces, antes de subir a la Van que nos transportaría a la reunión, uno de ellos revisa la pistola que lleva escondida en el cortaviento. Lechuga me hace callar para evitar una reacción de parte del maleante; no parece reaccionar, jugar con el seguro del arma es más entretenido.
–Precaución, pelao, en caso que las cosas se pongan poco democráticas. El Cheo también lleva un fierro escondido…– Nuestro viejo conocido de gatillo flojo nos levanta las cejas. Las rencillas quedaron lejos, pero la impresión de su poco autocontrol perdura y adelanta una reunión catastrófica. Dadas las indicaciones, el vehículo inicia su marcha a través de las calles.

El paisaje indica que vamos rumbo al centro, tras un par de giros interminables, nos encauzamos por la Alameda en dirección Poniente. Es decir, de vuelta a nuestros terrenos. Mientras el jefe habla de cifras con sus subordinados, intento distraerme y calmarme planteándole a Lechuga mis dudas existenciales.

–Hay algo que me molesta, me molesta mucho.
–¿Qué cosa?
–Los Regice. Son absurdos, son un error. Según los datos de la Pokédex, el ambiente alrededor de uno se enfría a 200 grados bajo cero, ¿entonces cómo cresta te acercas a atraparlo? ¿Cómo haces que tu Pokémon lo debilite sin que los dos mueran con los pulmones congelados?– No logro entrar en sintonía con Lechuga, parece más preocupado por el recorrido, mira de forma insistente lo que pasa fuera del auto.
–¿Si los datos en la Pokédex no se registran hasta que atrapas a un Pokémon, cómo existen los datos de un Regice? Quién lo atrapó, ¿un esquimal?
–No…– Lechuga palidece, su reacción es extraña, errática. Me parece extraño considerando que siempre cuestionamos la existencia de los Pokémon de esa manera.
–¿Cómo que no, hueón? Así funciona… En la serie inventaron eso de que están todos registrados para que Ash no tuviese que…– Lechuga gira mi cabeza violentamente. Hasta ese punto no me había fijado en el recorrido que llevábamos, quizás lo noté demasiado tarde. El auto dobla por Bulnes, en ese instante la realidad me pega un duro portazo en el rostro.
–No. No, no…– Entiendo entonces que está pasando, Don Pablo se da vuelta con una sonrisa macabra al notar que ya anticipé cual será el lugar “neutro” de la reunión.  
–¿Qué pasa flaco? Es solo un almuerzo de negocios, signo de mi buena fe. Además ¿a quién no le gusta la buena comida?–

Mientras el chofer recula para encontrar el lugar milimétricamente exacto para estacionar, vemos cómo Ginebra llega acompañado de Jonás, este lleva largo abrigo, escondiendo quien sabe cuanta cantidad de plomo bajo él. La entrada del restaurant luce despejada, salvo por los dos bandos que en cualquier momento podrían invocar la guerra. Bajo nervioso, sin saber qué hacer o decir, Lechuga está en igualdad de condiciones, un empujón de parte del Cheo nos obliga a integrarnos a la dinámica. Nos miramos por eternos segundos hasta que el mutismo se disuelve.

–Espero que tu negocio sea algo serio, conchetumare, sino me los cago a todos aquí mismo.– Ginebra, gigante y amenazante, echa humo por la nariz, con un gesto de manos corre parte de su chaqueta, dejando ver la culata de un arma asomada por el costado de su pantalón.
–Tranquilo, Salomón, este es un lugar seguro donde ninguno debe ponerse agresivo, ¿cierto Maximiliano?– Intento interferir pero las palabras no me salen completas, solo puedo agregar un torpe “sí” ante la presión de las miradas–. Entremos, es mejor conversar sentados y tranquilos–. Al traspasar el umbral suena la campanilla que alerta la presencia de un nuevo cliente, el local está casi vacío exceptuando la gente que atiende. Mientras buscamos la mesa más grande del lugar, Tamara nos intercepta y recibe amablemente, me mira por unos segundos de una forma extraña y se queda pendiente de Don Pablo otro instante; desconozco si es por los nervios, pero me parece ver que le sonríe.

–Max, qué sorpresa, trajiste a tus compañeros de trabajo a almorzar. ¡Tomen asiento!– Intento reacomodar mi cara, fingir que estoy bien, mantenerme activo para que no note nada extraño. Lo logro a duras penas.
–Díganme caballeros, ¿qué se van a servir?

Written by E. Lara

Periodista. Fundador de Misanegra.cl, Editor General en HxcLife.com | Ateo, zurdo, insomne, colon irritable crónico, coleccionista de música.

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