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POKE – Capítulo #013

Fingimos compostura mientras anotan el pedido. Las pizzas están en marcha, no así la conversación: hemos esquivado miradas asesinas en silencio durante varios minutos. Tamara vuelve con dos canastas grandes llenas de palitos de ajo, los vasos y las bebidas. Deja los aperitivos en la mesa y se retira sin siquiera mirarme, parece olfatear que algo extraño pasa. Don Pablo coge un bastón de masa, lo muerde, el aceite le chorrea por los dedos mientras sonríe en señal de aprobación. Espero a que en cualquier momento le disparen en la cara y repartan sus ideas por las paredes de la pizzería.

–Gracias por venir, Salomón, qué bueno que a pesar de las diferencias podamos sentarnos nuevamente a comer juntos. Mis chiquillos me comentaron que se llevaron bien, así que no veo por qué aquí no pueda pasar algo parecido– Salomón se inclina sobre la mesa, noto cómo cambian las formas de su rostro por la presión de su mandíbula.
–Explícame por qué no te tengo que sacar la cresta aquí mismo…– Lechuga me golpea el codo de forma casi imperceptible, apenas moviendo un músculo me señala a Jonás, quien está deslizando su mano dentro del chaquetón de lana, esperando el momento exacto para atacar. Podría correr con Lechuga, agarrar a Tamara, esquivar el mesón donde arman las pizzas, empujar al guatón que sobajea las masas y arrancar por la puerta trasera del local, pero probablemente me darían caza a solo dos pasos de la mesa y me ejecutarían delante de todos.

–No es necesario ponerse violento. Come un palito de ajo, están buenos.– Ranieri estira su mano sujetando uno de los bocadillos frente a la nariz de Ginebra. Se siente igual que acercar un fósforo encendido a la mecha del explosivo.
–Vé al grano, viejo maraco, ¿qué quieres?
–Tengo un negocio que quiero sacar adelante, pero no puedo solo. Pensé en incluirte, tienes los contactos y el capital necesario para partir, además, tienes experiencia en el rubro.– El ambiente se serena un poco, pensé en ir al baño y advertir a Tamara del peligro que corremos. Desecho la idea, levantarme de mi sitio ya sería ponerla en riesgo. Debo limitarme a seguir escuchando.
–¿Por qué ahora sí tengo que confiar en ti? Ya hemos pasado por esto…
–Porque es un pacto seguro, a prueba de fallos y además de eso, potenciará tu carrera en el porno. Tendrás carne fresca para las cochinadas que se te ocurran.– Comienzo a sospechar, ¿en qué tiene que ver nuestro juego de cartas con que Ginebra pueda tener más gente para sus películas? Algo no va bien.
–Sin importar por qué, cada uno desvió su camino. Hay algo que tenemos en común, algo que nos mantiene atados sin importar la distancia: las mujeres. Sabemos cómo tratarlas, sabemos trabajar con ellas y cómo cuidarnos de ellas. Un día pueden ser dulces, cariñosas, la supuesta compañera de por vida, y al día siguiente, unas locas de mierda, de esas que te entierran un puñal por la espalda, y no siempre te puedes recobrar de esas heridas. El reconocer estas diferencias logró que pudiésemos llegar a dónde estamos. ¿Cuántos imperios han caído por culpa de una concha jugosa? Más de los que a ningún hombre le hubiese gustado.
–Lechuga, ¿de qué mierda están hablando?– No entiendo a qué se refieren ni tampoco en qué punto de esto nos involucraremos. Cada palabra solo suena a problemas que caerán sobre nuestras espaldas.
–No tengo idea– Don Pablo continúa su disertación.
–…Mi propuesta saca provecho de nuestro dominio del “género”. El mercado aquí sigue creciendo, todos los días llegan putas nuevas a golpear nuestras puertas, pidiendo trabajo o cualquier ocupación que las saque de la mierda en la que viven. Seamos generosos, démosle la oportunidad– Ginebra se calma sin dejar de lado su mirada felina, se rasca el rostro mientras toma algo de Pepsi.
–Sigo sin entender tu brillante idea, ¿en qué se diferencia de armar un “cahuín” común y corriente?
–Tú sabes que los derechos humanos acá en Chile son una huevada arbitraria, aprovechemos eso. Conseguimos chiquillas, las entrenamos, tú las entrenas, sacas el potencial individual de cada una y armamos una red con todo eso. No me refiero a la típica red de cité céntrico, sino algo gigante, sin precedentes.– Veo cómo el rostro de Lechuga sea apaga al ritmo de las palabras, siento cómo el mío hace algo parecido. En algún momento iluso creí que la reunión tenía que ver con las cartas, con una especie de apoyo, para seguir haciendo lo único en que soy bueno, en cambio solo me doy cuenta que nos estamos hundiendo en delitos de mayor peso. Me restriego el rostro con las manos para aclarar el panorama, pero al desvanecerse la bruma tengo a la misma gente frente a nosotros, colgando mercadería en la carnicería sin remordimiento alguno.

–No, no me convences, algo así de grande llamará la atención, por mucho que a la larga todas estas maracas no valgan nada, no estás hablando de una caja de empanadas, sino personas. Personas que hablan. ¿Tú crees que se quedarán calladas? No van a aguantar ni una semana conmigo…
–Adelantándome a que dirías algo parecido, pensé la forma adecuada para que estén todas calladitas y felices: Inmigrantes, inmigrantes ilegales. Le tendrán más miedo a “Extranjería y Migración” que a tus juguetes metálicos. Si bien Santiago es como una Zona Safari y podemos conseguir a todas las flacas que queramos, está demasiado manoseado. Tengo un par de lugares fuera de Chile donde conseguir materia prima. Con eso armas el ciclo: les ayudas a entrar ilegalmente y te deben la vida.– Nos hemos puesto en riesgo defendiendo ideas que no apoyamos. Bueno, a medias, Lechuga sí apoya lo del travesti que se mutila los cocos; en riesgo, pero siempre con un botón de seguridad presente, con nuestra manera particular de ser peones inocentes. Ahora estamos en el punto de no retorno, de volvernos igual que ellos solo por asociación. No quiero.

–Sí, lo tienes pensado, pero hasta ahora sigue siendo lo común y corriente ¿dónde está el negocio? ¿Dónde queda el emprendimiento?
–Esperen ¿D-de qué estamos hablando? ¿Y La Liga? De esto no se trataba la reunión. Interrumpo alzando la voz. Es mi salto al vacío. Como cuando el mono 3D del planeta de los simios grita “NO”, como el chino que se puso delante del tanque para que no quedara la cagá en la plaza de Tiananmen, como Bulbasaur rehusandose a evolucionar, frustrando con eso al maricón de Ash. Por primera vez asumo totalmente las consecuencias de mis actos, esperando y afrontando el castigo posterior. No pasa nada. Cheo sorbetea la nariz, se suena los mocos con una servilleta, el resto me mira unos segundos, como si mis palabras fueran solo un sonido casual.
–La empresa está en sacarlas de Chile. Prepararlas aquí y enviarlas fuera, en cantidad masiva…– Al parecer no estoy al nivel de las negociaciones. –… ¿Dónde? Salomón querido, tú sabes muy bien cuál es el último objetivo: España. Los españoles son buenos pa’l tráfico humano. Desde que vinieron a invadir América, con sus caballos y sus marinos buenos pa’ cornetear, los españoles han querido adueñarse de la carne latina. Probaron el oro y se lo llevaron, probaron la carne, pero no pudieron cargar en sus barcos a un continente completo de mujeres con ganas de culear. Eso les venderemos. Para ti sería una forma directa de entrar en el mercado europeo, con mano de obra casi gratuita.– Don Pablo sabe muy bien con quien está tratando, conoce el punto débil de Ginebra y lo está explotando, es extraño presenciar cómo logra torcer su brazo, finalmente las palabras podían más que los puños.

–¿Tienes algún contacto en España? ¿Cómo planeas extender tu red hasta allá?
–Ese es el punto clave. Estos “niños” se encargarán de abrirnos paso…– ¿Qué? ¿Qué chucha dijo? Tamara aparece con las pizzas, Don Pablo la recibe amablemente, ayudándola incluso a servir. Mi estómago se revuelve, Lechuga semi en pánico me patea bajo la mesa dándome a entender que no tiene idea de las palabras de Ranieri. Una vez superada la intervención y mientras los flaites sacan los primeros pedazos de pizza, retoma.
–El joven impulsivo acá ya adelantó algo. La Liga. Queremos que participe en la liga de cartas.
–¿Sigues con lo de Pokémon?
–Así es. Los últimos ganadores de La Liga terminaron en México, ampliando sus redes. Es un circuito multimillonario que no solo genera vínculos entre jugadores de cartas, sino entre la gente que los auspicia. No veo por qué estos jóvenes no nos puedan llevar más lejos. He visto cómo juega Maximiliano, he visto cómo Gonzalo lo asiste, tienen una dupla muy bien armada.
Pfff Gonzalo.
–Cállate, güeón.
–Solo necesitamos potenciarlos. Nada que dinero bien invertido no solucione.
–¿Y por qué crees que el pendejo va a cumplir? No parecen muy astutos. Míralos.
–Sencillo, si no me dan lo que quiero, me aseguraré que cada culito de sus familias termine, ya sea en Chile o en España, meneándose bajo algún entusiasta. Incluido ese que está apretado y moldeado por el uniforme de la pizzería. Tú me ayudarías Salomón, ¿cierto?–  Mi cuerpo quería saltar sobre él a sacarle la mierda, a descargar la rabia, pero no se movió ni un centímetro. La razón fue más grande, calculó las posibilidades de salir vivo del lugar, el porcentaje de éxito era nulo, para lo único que sirvió el cuerpo en ese instante fue para expeler una incómoda gota de sudor frío. Ahora entiendo qué se siente ser militar, agachar la cabeza y acatar órdenes de huevones más grandes. Ginebra remarca mi momento dramático, serpenteando entre dientes.

–No quiero que mi esfuerzo y el riesgo que vamos a correr dependa de estos huevones, ponlos bajo un régimen. Que no duerman si no es por cansancio después de haber memorizado todas las variables de las cartas. ¿Está claro?– El vaho de azufre que sale de las palabras de Salomón nos envuelve, nos obliga a entrar en su boca y ser masticados a su merced.

–Gonzalo, quiero que lleves a Maximiliano a comprar. Hay un local que está generando buenos comentarios, queda en el Paseo San Agustín, al lado del “Cinehoyts”. Equípalo con todo lo necesario y que se ponga al día con las modificaciones de las reglas, págale a algún pendejo para que les explique si amerita el caso. Vayan ahora, los adultos tienen que hablar de porcentajes– Nos levantamos. Tenemos que marchar sin derecho a réplica. Ni siquiera me puedo despedir de Tamara, quien está de espalda atendiendo otra mesa, me queda confiar en que si sigo adelante podré mantenerla segura. Nuestros últimos pasos dentro de la pizzería son acompañados de las terribles palabras de Don Pablo.
–Entonces, Salomón, ¿es un trato?– De reojo observo la mano estirada, el pacto de tiranos está por gestarse sin que podamos hacer nada al respecto. La náusea nos escolta hasta que la tímida campanilla suena.
–Trato.

Written by E. Lara

Periodista. Fundador de Misanegra.cl, Editor General en HxcLife.com | Ateo, zurdo, insomne, colon irritable crónico, coleccionista de música.

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