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POKE – Capítulo #014

–Quiero vomitar…
–Vamos, camina rápido.
–No, en serio… me siento mal– Lechuga sigue acelerando el paso, me jala del brazo hasta que doblamos en la esquina. El revoltijo del estómago se quiere arrancar por la boca, las piernas me tiemblan y me cuesta respirar. –Vamos con los pacos ahora… Tenemos que parar esta mierda antes que se escape de nuestras manos.– Me dejo caer apoyando la espalda en una pared llena de afiches rotos y meado seco.
–No, no podemos. En este momento la Tamara está a salvo, cualquier cosa que hagamos puede cambiar eso. Tenemos que movernos con cuidado, buscar la oportunidad y la forma exacta pa’ cagarlos. No sabemos qué tan grandes son sus redes, ¿qué pasa si los denunciamos y los pacos están con ellos?

Mi garganta se contrae, comienzo a hacer arcadas pero nada sale, es solo el reflejo nervioso. Lechuga intenta levantarme, pero no puedo apoyar las piernas sin que se doblen solas. Al notar que necesito algo de tiempo para reponerme, se sienta en el suelo junto a mí.

–Entiendo cómo te sientes, hay que parar todo esto, pero primero tenemos que pensar cómo hacerlo sin que nos involucremos directamente. Somos inteligentes, o algo así, vamos a encontrar la forma. Ahora levántate y caminemos, te va a hacer bien.

Emprendemos rumbo a duras penas. Me arrastro de forma mecánica por varias cuadras de la Alameda sin pensar mucho. Lechuga me habla, pero su voz se escucha distante, ajena, como si una barrera impidiera que el sonido entrara en mi cabeza. Cruzamos entre la marea gris de personas abrigadas hasta el cuello, cada uno cargando sus propios problemas, problemas que en este minuto me parecen insignificantes comparado a lo que tengo que procesar.

–¿Cómo podemos hacerlo? Eso de salirnos sin que nos pase nada…– Tras una larga pausa caminando en silencio logro estabilizarme, una habilidad que en estos últimos meses he puesto a prueba más de lo que me gustaría. Lechuga se queda pegado un rato mirando los perritos a cuerda que venden los ambulantes fuera del metro “U.de Chile”.
–Creo que lo mejor es seguir adentro y avanzar con ellos hasta asegurarnos de que se manden un condoro.
–¿Un condoro?
–Hasta que cometan un delito…– La palabra “delito” me agarra la base de la columna y la sacude, como un animal agitando a su presa para darle el tiro de gracia– Anticiparnos y acusarlos sin que hayan hecho algo es firmar nuestra sentencia e incluirnos por asociación como partícipes de eso. Creo que lo mejor que podemos hacer es esperar a actúen, eliminar nuestras huellas y recién denunciar, con pruebas. Así nos aseguramos de que los agarren con algo real entre manos– Asiento con la cabeza, la idea suena arriesgada, necesita mucho trabajo de por medio para funcionar, pero por ahora es lo único que tenemos. Sin ahondar más en el plan que comenzaba a dibujarse lentamente frente a nosotros, entramos a la galería comercial en San Antonio, el lugar recomendado por Don Pablo.

Nos reciben varias casitas de vidrio que hacen las veces de locales. Una tienda de DVD’s que nadie compra, ropa, aspiradoras marcianas, lana, comics, lencería y allá al fondo, de frente en el pasillo, el dichoso local de cartas.

Es un local pequeño pero acogedor, lleno de colores y formas: hacia donde dirijas tu mirada hay figuras de Pokémon, consolas portátiles, mazos pre–fabricados, playmats de Yu–Gi–Oh! mal dibujados, al igual que todo lo de Yu–Gi–Oh!; también hay de esas fundas de almohada con una mona hentai estampada con las que los otakus se sobajean y hueás de ponies, muchas hueás de ponies. Logro ver a varias personas dentro, un par jugando DS, otros revisando unas figuritas de Dialga y Palkia, y un grupo considerable reunidos en torno a un duelo de TCG que se desarrolla en el mesón. Nos quedamos en la vitrina, frente a un Happiny de peluche gigante.

–Entonces ¿cuál es el plan? ¿Renovar algunas cartas o actualizar el mazo por completo?– Hasta el momento éramos imbatibles dentro de nuestro “universo” competitivo, pero en el fondo sabíamos que no estábamos al día con las cartas nuevas. Don Pablo nos lo hizo notar y eso podría traer problemas, sobre todo en una mesa importante como las que al parecer se arman en la Liga. –¿Crees que tengamos que mostrarle nuestras cartas para que nos digan si la estrategia está bien?
–No, no quiero pasar por esa vergüenza. Creo que es mejor comenzar de cero y eso lo vamos modificando según la estrategia que ya tenemos–. Entro tras Lechuga. De inmediato siento el peso de las miradas, me observan como si fuera un bicho raro por estar moreteado, pero si aquí no entrasen hueones raros entonces el local no tendría razón de ser. A los segundos se nos acerca uno de los encargados de detrás del mostrador. Es un joven bajo, flaco, de pelo tieso, que viste una polera de Elmo de Plaza Sésamo. Lechuga se hace cargo del management.

–Queremos armar un nuevo deck de Pokémon. Tenemos algunas ideas sueltas, pero estamos medio obsoletos con las cartas, así que quizás nos puedas guiar con algunas cosas.
–¿Que tipo de mazo quieren hacer?– Nos responde con una pronunciación medio extraña en tanto que, como buen mercader, deja abiertas varias carpetas gordas llenas de cartas frente a nosotros.
–Pensábamos en algo balanceado, algo que tranque al rival y que tenga un buen ataque. No queremos meter muchos EX, lo queremos competitivo, pero no suicida.– Piensa unos segundos, analizando nuestro pedido mientras mueve las hojas de plástico del libro.
–Hay hartos Pokémon que te permiten bloquear mazos. Stoutland, por ejemplo, tiene una habilidad que no te deja bajar Supporters.
–El perro grande.
–Si, el “perro”. Quinta generación, segunda fase, tipo Normal, 140 de HP. Supongo que conoces los Supporters, ¿no?
–Sí, son como Trainers, pero puedes bajar solo uno por turno.
–…A menos que tengas una carta que te permita bajar otro– Interrumpe–…Hay un Pokémon que te deja hacer eso, Magnezone. El Stoutland hace que tu oponente no baje Supporter, hay un Trainer que se llama… la gracia es… Porque…– No logro retener las voces, tampoco los rostros que las emiten.
–Necesito salir un rato. Tengo que tomar aire fresco.– Lechuga me mira de reojo mientras continúa su clase express. Antes de abandonar me hace un gesto que no entiendo. Imagino que quiere que me mantenga cerca en caso de cualquier cosa.

Hubo un tiempo en que las cicatrices, las arrugas y el miedo no estaban ahí, tan encima. Tampoco el cansancio y la insistente necesidad de autopreservación. Sos cosas de las que he ido aprendiendo en este corto, pero a la vez largo camino de intentar buscar el “bien”. Ya ni siquiera sé si vale la pena. Me lavo la cara en el baño de la galería mientras pienso en los riesgos que estoy corriendo por Tamara, aunque no sé si realmente los estoy corriendo por ella o si se volvió una excusa para justificar lo que hago. Dejo que el agua fría me adormezca las heridas del rostro mientras me armo de valor para llamar.

El teléfono marca varias veces. No contesta. Trago saliva e intento respirar dentro del ritmo establecido. Me cuesta. Intento una vez más, nada. Cuando comienzo a ver la entrada al camino de la desesperación, me llega un mensaje por Whatsapp. Es ella.

No puedo contestar, estoy atendiendo. Que pasa?
16:09 PM

El nudo en mi estómago y el daño que pesaba sobre los hombros desaparecen automáticamente. Quiero preguntarle muchas cosas, saber si está bien, si le insinuaron algo, pero tengo que evitar actuar de manera sospechosa para evitar recibir preguntas de vuelta.

CMO TE FUE CON LOS CLIENTES, COBN MIS COMPAÑEOS DE TRABAJO. NO PASO NADA RARO?
16:09 PM

El aviso de “Escribiendo…” termina por dispersar los dolores. Puedo deducir entonces que Don Pablo y Ginebra no agotarán el recurso de Tamara hasta el final, volviendome su títere hasta que ellos lo decidan. Esa es otra de las cuerdas que tenemos que cortar con Lechuga.

Todo bien, se fueron un poco después que ustedes. Son raros pero me dejaron buena propina. 🙂
16:09 PM

Guardo el celular y regreso al local. Me quedo junto al Happiny sonriente, mirando a través del vidrio cómo Lechuga ahora intenta convencer a dos vendedores de la tienda. En el eterno ciclo de perder el control y la pelea por recuperarlo, Lechuga parece ser el más experimentado, el que, a pesar de que el infierno nos esté cayendo encima, puede seguir con su trabajo sin bloquearse.

–Está intentando que le hagan rebaja por las cartas, pero no va a poder, tienen precios fijos. Para eso mejor ir al patio de comidas del Espacio M, ahí sí puedes regatear con los que se juntan a jugar.– Una voz a mi lado interrumpe la reflexión. Al parecer es alguien que está mirando la misma escena que yo.
–¿Cómo?

Está parada un par de pasos más allá. Es una mujer joven, veinteañera. Tiene el pelo oscuro hasta los hombros, con la chasquilla recta descansando sobre un par de ojos gigantes delineados como felino. Su rostro en conjunto es muy dulce, sus labios son delicados y con una ligera curva hacia arriba, lo que hace parecer como si sonriera cada vez que habla. Es bajita y se ve mucho más pequeña por el grueso chaleco de lana que lleva puesto.

–Tu amigo, lleva varios minutos intentando explicar que su estrategia, al ser única, tiene un valor agregado. Por lo tanto las cartas que sirven para eso no deberían costar tan caras, algo así como un reconocimiento a su ingenio. Casi convence al primero, pero luego llegó el otro y ya no se le hizo tan fácil.
–¿Juegas?
–Sí, pero no muy seguido por aquí, no me pescan mucho. Ahora solo vengo a comprar. Tú sabes, a algunos no les gusta que una “mina” se meta en sus terrenos, menos que les gane.
–Yo quiero… Nosotros queremos volver a jugar. Estamos intentando aprender de nuevo, pero han pasado tantas cosas desde nuestros últimos mazos competitivos que nos sentimos… viejos. El juego avanza cada día más, nuevas cartas, nuevas formas, ataques que antes eran impensados, etc. Me gustaría poder “estar en forma” pronto. Tengo este… –Pienso el mejor eufemismo para referirme a La Liga –…este “mini torneo” pronto y no quiero perder.– Se queda callada por un momento, juntos vemos cómo Lechuga emprende retirada, con una clara señal de derrota.
–Si quieres podemos jugar juntos, cooperarnos. Así tú aprendes de nuevo y yo tengo con quien practicar–Sonríe con su boca de gatito, entrecerrando los ojos, el mismo gesto que hacen los monos chinos que tanto gustan por aquí, pero esta vez en la vida real.

–Es como la lucha por el campeonato Asperger allá adentro…– Lechuga se une a nuestra conversación.
–Mira Lechuga, ella dice que nos puede ayudar… ¿Cuál es tu nombre?
–Javiera– Saluda de un beso en la mejilla a Lechuga, pero este se incomoda y la esquiva suavemente. Luego se gira hacia a mí y me estira la mano para saludar. Un nuevo pacto, esta vez con las cosas, al parecer, a nuestro favor.

Written by E. Lara

Periodista. Fundador de Misanegra.cl, Editor General en HxcLife.com | Ateo, zurdo, insomne, colon irritable crónico, coleccionista de música.

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