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POKE – Capítulo #015

–¿Por qué te vas a juntar con ella?
–Vamos a estudiar, necesito conocer las cartas y ella parece estar al día con todo lo que está pasando. Esa es mi principal debilidad, no saber qué está pasando –lo que no solo se remonta a las cartas, sino a mi vida en estos últimos meses– Así puedo entender el nuevo ritmo, el nuevo meta e intentar armar una estrategia funcional.
–No me da buena espina. La investigué y no encontré nada.
–¿Nada de nada?
–Bueno, casi nada. “Intercepté” una de sus conversaciones en un Tumblr abandonado que tiene… –Por lo general el paranoico soy yo, pero de vez en cuando Lechuga extrae sus dotes detectivescos, llegando a muy buenos resultados. –Por ahora solo sé que se llama Javiera Clemm, es vegan, le gusta la música, la fotografía, “cualquier cosa osom que se cruce delante de ella”, sea lo que sea que signifique eso, y que antes usaba el labial Ruby Woo de MAC, pero lo dejó porque supo que testeaban en animales. Así que ahora está pensando usar el “Fire” de Esika y el “Adora” de Kat Von D…–Aunque en este caso lo acerca más a uno de esos psicópatas que te revisan la basura y que luego te degollan mientras duermes.
–Eso no es indicio de nada, está bien estar a la defensiva, pero no siempre tenemos que sospechar de todo el mundo, menos de alguien que llegó por casualidad. No tiene mucho sentido.
–No sé, la vida me ha enseñado que no tengo que confiar en una mina que usa un choker en el cuello.–El hombre frente a nosotros, un cuarentón canoso que se viste como niño skater, ha estado escuchando gran parte de la conversación sin decir nada. Es uno de los “distribuidores” de Ginebra, trabaja en una tiendita de mierda del Persa Bio Bio vendiendo vinilos y cds de bandas Punk, mientras que en paralelo se encarga de mover las copias de las películas de Ginebra entre los locales del Persa y algunos sexshops de Santiago. No le pagan mucho, pero cualquier pega parece ser mejor que tener que escuchar Punk todo el día.

–Son dos cajas de “Clavícula Salomonis” y una de “La Princesa del Ceviche”. Sobre la plata, dijo que lo juntaras con lo del próximo mes. Supongo que nos va a mandar a nosotros a cobrar –Descargo la mochila dejando el contenido sobre la mesa del local. Abro los paquetes con cds mientras miro a Lechuga, que parece molesto.
–¿No te parece sospechoso que saliera así de la nada justo a resolver tu problema?– Interrumpe en seco. Intento responderle pero nuestro cliente con cara de confundido habla primero.
–Todo bien. Por cierto ¿quieren algun disco chiquillos?, les hago descuento.
–No. –Antes de poder decir algo, Lechuga se vuelve a adelantar. –El Punk se murió hace rato y nadie quiere revivirlo

Nos alejamos del núcleo de Franklin, cruzando el matadero, bordeando los galpones reacondicionados como dormitorios para inmigrantes. El paseo es desagradable, no por el típico exceso de personas o por la mezcla de olores podridos que vomitan las carnicerías aledañas, sino por la distancia que genera el enojo de Lechuga. Nos hemos enojado pocas veces y esta parece ser la primera ocasión en que no tiene un motivo de peso.

–No tenías por qué ser así con él… Solo intentaba ser amable– Ofuscado, se aleja un par de pasos adelante. Me apuro un poco y vuelvo a estar junto a él. Sigue molesto por su corazonada. Entiendo que nuestra experiencia dicta que de toda la gama de cosas que nos pueden pasar, siempre nos toca lo peor, pero en este caso todo se dio de manera casual e inocente. Me cuesta hacer que entienda eso, salvo que él mismo llegue a la conclusión… –Hagamos algo… Puedes investigarla a fondo si eso te hace sentir más tranquilo, pero piola, no quiero que eso nos meta en más problemas.– Me mira por unos segundos mientras se acomoda las orejas bajo su inamovible gorro de lana.
–Mi olfato no se equivoca, algo raro hay ahí.
–Si veo algo sospechoso te cuento.– Nos separamos en el siguiente paradero, cada cual rumbo a su respectivo “hogar”. Le recomiendo seguir una rutina parecida a la mía: dormir y distraerse un poco antes de comenzar con lo que tenga planeado; sé que son palabras que rebotarán, pero nunca está demás intentarlo.
Media hora más tarde, la tranquilidad de mi pieza me recibía con los brazos abiertos. Con los meses he aprendido a vivir con el cansancio, la cama ha dejado de ser el santuario que me resguardaba de lo terrible que acarreaba el día a día, tenderme sobre ella ahora casi trata solo de dormir y no de un ritual de reparación. Antes de cerrar los ojos vuelvo a revisar el mensaje que me envió Javiera, no sé por qué.

“A las 17 junto a la laguna del muelle del Parque Bicentenario. Besos”.

Me adormezco pensando en cómo cresta llegar al mentado parque.

El Bicentenario queda en Vitacura, fuera de los límites de mi Santiago. Forma parte de esa zona en donde la gente con problemas reales somos considerados un flagelo, en donde el hambre no es sinónimo de dolor, sino de ambición. Trato de no venir a menos que sea estrictamente necesario, prefiero auto–marginarme para evitar el contagio de ese peligroso vacío en el pecho que por aquí es tan común. El lugar es amplio y quieto como una maqueta de estudiante de arquitectura. No se parece en nada a lo que estoy acostumbrado, es como si cada cosa estuviera planeada para estar ahí, desde su entrada agringada hasta sus árboles etiquetados con códigos QR, distribuidos siguiendo un patrón geométrico. No venden comida, nadie escucha bachata, nadie toma, nadie se droga, nadie pelea. No entiendo este parque.

Quedan 25 minutos para la hora que acordamos para juntarnos. Me siento nervioso, no sé por qué. Decido caminar un rato entre los cuicos que pasean sus perros de marca: no veo ningún quiltro, excepto yo. Rodeo el parque en su extensión, cada postal es más incómoda que la anterior, autos a radiocontrol, niños rubios que juegan sin ensuciarse, quitasoles y sillas de playa de la Clínica Tabancura repartidos para la comodidad de los presentes, pequeñas lagunas artificiales –con agua limpia– en donde nadan cisnes cuello negro, flamencos y peces koi esperando ser alimentados. La cúspide de las familias felices celebrando el día del Opus Dei, o algo así. Me quedo sentado en el pasto sobre un pequeño montículo, a una distancia considerable del lugar de reunión.

La veo llegar minutos después de la hora acordada. Camina dando pasos ligeros, como si flotara sobre el pasto, cuando apura la marcha al bajar la pequeña loma que antecede a laguna, da pequeños saltitos que mueven su vestido floreado. Trae una mochila cuadrada colgando en la espalda, imagino que es donde guarda su carpeta con cartas. Finalmente me nota. Apago el cigarro con la suela de mis zapatillas y guardo la colilla en el bolsillo, me da vergüenza tirarla al suelo frente a ella.

–Qué buen alumno, estoy acostumbrada a que me dejen esperando…–Es muy efusiva al saludar, me abraza como si me conociera de siempre. Se sienta en el pasto acomodando sus piernas de lado, la acompaño aún reteniendo en la nariz el olor dulce de su perfume.
–Si te vas a tomar las molestias era lo mínimo que podía hacer– Conversamos algunas trivialidades por un rato; me habla de sus gatos con especial entusiasmo, de un curso de fotografía que van a impartir en “Arcos” pero que está indecisa de tomar y de como My Chemical Romance le cambió la vida cuando era niña. Bromeamos con su pasado hasta que hace una pausa, saca unos lentes grandes de una bolsita de género con flores estampadas, se los pone y me sonríe con los ojos.

–Antes de explicarte cualquier cosa sobre el juego quiero entender algo: ¿para qué quieres entrenar? ¿Para jugar con tus amigos o competitivo?– Dudo. La mejor forma de explicarlo sería reflejar la importancia del torneo, demostrar que hay millones en juego y de paso mi cogote también, pero eso sería exponerla a un riesgo absurdo. Opto por la vía fácil, algo que justifique mi escaso dominio de las cartas actuales, pero que no deje de lado el espíritu de lucha.
–Cuando era cabro, hace más de 10 años, jugaba en una liga. Me iba muy bien, era uno de los mejores. Ahora por el aniversario de esos 10 años, se van a juntar algunos de los jugadores de esa época. Quiero, necesito, volver a competir y no dar vergüenza, pero como las cosas van cambiando tan rápido, creo que es mejor para mí hacer como que no sé nada y que me expliques de cero– Mira atenta, incomodándome un poco.
–Ya veo, suena importante…– Siento que la mentira escapa de forma muy poco elegante, aún así logro salir impune del cuenteo. Después de todo, no tiene motivos para dudar.
–Dime algo ¿qué es el juego para ti? ¿Qué representa?
–Pokémon es… Es todo. Es el escape a la realidad, a lo que nos duele día a día. Son los sueños que no pudimos cumplir. Todo lo que nos rodea te exige, te desangra y siempre es más de lo que puedes dar. Si no cumples, viene la vergüenza de no poder ser lo que todos esperaron de ti, de no ser lo que ingenuamente habías pensado ser. El juego es lo que ahoga el fracaso, aunque sea por unos minutos.– Trago un poco de saliva para continuar y mantener las ideas sin que me tirite la voz. –Cuando chico le tenía miedo a la oscuridad. Me costaba ir al baño de noche porque quedaba en un pasillo largo y estrecho. La forma de quitarme ese miedo fue autoconvencerme de que un Pidgey me acompañaba y me cuidaba de cualquier cosa mala que saliera de esa oscuridad. Sé que suena tonto, pero eso es, es el vehículo para lograr esas cosas, para conectarte con esa fibra única que todavía queda ahí debajo de todas esas costras de mierda que se han ido formando con los años. El Trading Card Game, junto a los videojuegos, son una proyección de todo eso. Es la forma para que el niño interior vuelva a competir de manera sana y desinteresada, solo para hacernos reír aunque sea unos minutos más– Trato de no levantar la cabeza, el calor bajo los ojos se hace pesado, así como la roca que baja por mi garganta. Me emociono no solo por lo difícil que se ha vuelto sincerarme con alguien, sino también porque duele tener que reconocer que ese niño interior que tanto defiendo quedó enterrado entre las lápidas y cajones de “Ambrosia”.
–Ya no se trata de eso.
–¿No?
–No, tontito. Es ingenuo pensar así. Si tú creciste, ¿por qué tu niño interior no lo hizo a la par?– Trato de borrar la humedad de los ojos lo más rápido posible, solo para encontrarme con la mano de Javiera, acariciándome tiernamente el rostro.
–Si quieres jugar de forma competitiva, olvídate de todo lo que el juego haya forjado o deformado en tu corazón. Claro, cuando comenzamos había un trasfondo de amistad y competencia sana. Ibas a duelo con la fe de que tu pequeño animalito le podía hacer el peso a cualquier cosa. Pero ahora esto se trata de egos, de como mi ego aplasta al tuyo. De las muchas formas de hacer sentir miserable a quien tienes al frente. Ojo que eso no es solo una percepción o lectura de quien juega. No. Es algo que el mismo juego quiere de ti, algo que se está implantando de forma gradual– Parte de lo que dice es similar a lo que debo experimentar noche tras noche en las mesas de Don Pablo, solo que llevado a un plano diferente y en donde no “ponen a dormir” a quienes juegan mal. –¿Te has puesto a pensar porqué el HP y el ataque de los Pokémon subió de esa manera? El juego ya no quiere que seas ese niño que proteges. Desde Delta Species en adelante hubo un cambio, los Pokémon que originalmente eran tipo agua, ahí eran fuego y un Kingler que normalmente pegaba 20 con 3 energías, ahí pegaba 50. Así, de a poquito llegamos de 80 de HP a 300 o más.
–¿Pero eso no es parte de la evolución natural y de las lecturas que le vamos dando?– El celular vibra en mi bolsillo, pero decido ignorarlo.
–Hay más evidencias de cómo quieren que le agarres gusto al poder. ¿Cuándo fue la última vez que un estado realmente cambió el curso de un juego? Eso ya no se ocupa, los quemados, confundidos, dormidos y paralizados, están obsoletos. Ahora tienes que pegar, pegar fuerte y rápido. Se perdió el encanto del juego, ya no sientes esa ansiedad de tener que esperar un turno completo y sentir que te pueden matar porque no puedes retirar el activo a la banca o que el ataque te mate por rebote.– El teléfono insiste en cobrar protagonismo, no lo dejo. –La búsqueda de la perfección es lo que determina todo, puedes volver a jugar con la misma idea de antes, pero después de dos meses vas a caer en ese remolino, de una u otra manera vas a necesitar el arma perfecta. El concepto final es totalmente opuesto a lo que te vende la franquicia… El “¡atrápalos ya!” ya no corre. Si quieres volver a jugar, lo primero que tienes que hacer antes de siquiera tomar una carta, es que le agarres el gusto al sabor de la sangre y que te emocione el lento proceso de degollar a tu rival– Antes de poder hacer una observación sobre el raro contraste que hace su apariencia angelical y su violenta forma de ver las cosas, vuelvo a sentir la molestia de celular. Miro la pantalla, es Lechuga. Me incomoda la insistencia pero la experiencia me obliga a contestar, no sin antes alejarme un poco del lugar.

–¿Qué pasó?
–Tenemos que juntarnos. Es importante.– Miro a Javiera de reojo, está jugando a enredar su pelo con los dedos, mientras reordena las arrugas que se forman en el borde de su vestido.
–¿En serio tiene que ser ahora?–
–Descubrí que es lo que Don Pablo y Salomón quieren hacer con nosotros. Tenemos que ver cómo nos zafamos de esta.– La tranquilidad había sido muy generosa, ya era momento de que me cobrase el favor de vuelta. Si bien el nerviosismo explotó automáticamente, parecía ser una buena oportunidad para tomar el consejo de Javiera, aplicar el cambio de actitud. Quizás ya era momento de saborear la sangre fresca y no sentir miedo de aquello. Antes de colgar coincido miradas con ella. Me regala su habitual sonrisa y ese dolor detrás de los ojos tan habitual, pareció importar menos.

Written by E. Lara

Periodista. Fundador de Misanegra.cl, Editor General en HxcLife.com | Ateo, zurdo, insomne, colon irritable crónico, coleccionista de música.

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