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POKE – Capítulo #016

–Acá el Cheo, a quien le gusta hablar de más, nos va a contar lo que vio. Repite lo que me dijiste.– Lechuga me cita en un kiosco cerca del cementerio, lo acompaña Cheo, que parece haber sido arrastrado en contra de su voluntad. Lo que, considerando la contextura de Lechuga, parece improbable. Nos sentamos en las sillas plásticas dispuestas fuera del negocio mientras Lechuga comienza a abrir una Fruna Piña recién comprada.

–No pero hermano, pa’ qué po’h. Después el patrón se enoja y yo quedo como el embarao.
–Dime, si no va a pasar nada. Esto queda entre nosotros, ¿cierto Lechuga?– Intento ganarme su confianza, ponerme de su parte para que no se sienta presionado. Jugar al amigo con quien te agarró a balazos no siempre resulta bien, pero hay que agotar posibilidades.
–“Sapos culiaos se van de viaje”, eso dijo– Lechuga se adelanta y con sus palabras parece despertar la desesperación en Cheo que se rasca el cráneo, despegando unas cuantas costras de caspa que aterrizan sobre los hombros de su cortavientos negro –El Cheo vió que compraron tres pasajes de avión, dos de esos tickets están con nuestros nombres. Parece que vamos a conocer Arica.
–¿Arica?
–Sí, Arica.
–¿Que hay en Arica Cheo? ¿Alguna idea?
–La falopa viene de allá, la fruta también la traen del norte, no sé…. Oye hermano, me vas a comprar la bebí’a que me prometiste, ya te ayude…– Cheo se inclina sobre la mesa, intentando alcanzar la botella de plástico.
–Todavía no terminamos.– Lechuga anula cualquier intento humanitario de Cheo por quitarse la sed, solo le queda acatar y continuar con el rascar nervioso –Claramente tiene que ver con el negocio nuevo que quieren armar, pero, ¿es necesario que sea tan lejos?– Lechuga hace una pausa para mover la botella a un extremo de la mesa, lejos de las manos a Cheo, quien había cambiado de estrategia. Luego retoma– ¿Qué fecha tenían los pasajes?
–No sé mi rey, los vi de pasada…
–Creo que lo mejor que podemos hacer por ahora es averiguar lo más posible del trabajito antes de que nos lo expliquen, así podemos… – Miro de reojo a Cheo antes de continuar. Su fama de soplón hace que ahondar en cualquier tema delicado sea tonto y riesgoso. Lechuga capta el sutil gesto que hago con las cejas, así que prosigo–…podemos asegurarnos de hacer bien la pega y así dejamos a todos contentos.
–Tengo sed…
–Sí, siempre es bueno tener esa preparación previa, para que cuando llegue el momento indicado, podamos hacer lo necesario para completar el trabajo sin problemas– Entiendo a qué se refiere Lechuga, es una manera de confirmar lo que habíamos acordado antes, guiar el desarrollo de las cosas y cuando se hayan perpetrado, denunciar. Las manos de Cheo finalmente alcanzan la bebida, en un rápido movimiento Lechuga se la quita y se lleva a la boca el envase, tragando un largo sorbo del líquido amarillento. –No te puedes tomar esto Cheo, le tire un pollo dentro. Ahora vamos a “Ambrosia”, queda poco para que oscurezca y que comience la noche de trabajo.

Las cosas han cambiando un poco desde que se gestó la alianza entre Don Pablo y Ginebra. “Ambrosia” se llenó de nuevos personajes, dándole un ambiente más festivo al lugar. Un par de veces a la semana se organiza un show para entretener a los presentes, algo humilde pero mucho más elaborado que los bailes del caño de costumbre. De la misma forma las apuestas han ido en aumento, la temporada baja parece ser un incómodo recuerdo lejano, ahora inclusive se ha pensado en una ampliación para poder recibir a más jugadores.

Carlita se ha vuelto un rostro frecuente que nos ayuda cada vez que puede. Nuestra relación se ha vuelto más cercana, familiar, es lo más parecido que tenemos a una figura materna. Hoy nos acompaña a cobrar. Eso significa que pasaremos las siguientes horas paseando entre las mesas esperando que terminen los duelos, recaudando el porcentaje de plata que se lleva la banca. Ataviada con un vestido de lentejuelas apretado y una boa negra que se le enrosca en el cuello, asume su rol de anfitriona caminando junto a nosotros, saludando y sonriendo a los presentes, llevándonos enganchados de sus brazos uno a cada lado.

–A esto me refería cuando decía que estábamos para mejores cosas, ¿ya ven que todo el esfuerzo tiene su recompensa? Mírenme ahora, como una reina recibiendo a los invitados. Una reina esta noche y mañana una estrella. ¿Te contó Gonzalito que mañana me subo al escenario a cantar esa canción de Luz Casal?… Piensa en mí cuando sufras, cuando llores también piensa en mí, cuando quieras, quitaaaaarme la vida, no la quiero, para nada, para naaa….
Pfff, Gonzalo.
–Cállate.
–Estos niños tan inquietos, una hablando en serio y ustedes jugando. Decía que ya les llegará el momento de estar relajados, por ahora tienen que seguir con lo que hacen, ganándose la confianza de los indicados, ni se van a dar cuenta cuando sean parte del negocio que tanto les incomoda en este rato. Además, así se evitan una que otra “caída en bicicleta”…– Carlita se ríe mientras seguimos esperando a que se acabe el duelo que se apaga frente a nosotros. “Manuel García”, un neo hippie que ha tenido un desempeño regular con chispazos de suerte, y Aldunate, un hijito de papá con plata invertida en el mazo, pero con serios problemas para definir su estrategia, están enfrascados en una batalla sin sentido hace minutos. Con un Bronzong como Pokémon activo, pero ninguna energía Metal para que sea útil, Manuel está aguantando golpes, alargando el duelo hasta el aburrimiento. Cada turno que pasa se llena la mano de cartas y también de contadores de daño, cortesía del Swablu atacante.

–Gracias por el consejo Carlita, eso es lo que esperamos hacer, seguir avanzando en esto. Eso si Max no las caga con su nueva amiguita…
–¡Mentira! Hueona, como no me contaste ¿estás saliendo con otra niña? ¿Qué pasó con la enojona con el pelo olor a queso?– Carlita me abraza por atrás apoyándome sus duras tetas en la nuca, arrullandome de forma burlona.
–Hey, no, todavía estoy con Tamara y no tiene olor a queso, ¿quién dijo eso?
–Todos.
–Bueno, sí tiene… Pero solo un poco.
–Sí, Max cuéntanos de tu cita con la “Javi”. ¿Ya se te peló?– Lechuga habla con tono sarcástico mientras en la mesa de fondo finalmente cae el Bronzong, dejando al prospecto de estudiante de Pedagogía en historia en la Usach en la banca rota.
–¿Qué cita? No, no era cita. Nos juntamos porque me va a enseñar a jugar bien. Ya me dio consejos, me estuvo enseñando a superar el miedo, algo que hasta ahora había enfrentado solo…
–¿“Enfrentado solo”? –El semblante de Lechuga cambia en seco, arruga las cejas y mueve la cabeza hacía los lados, como negando lo que digo. Entiendo que mis palabras pudieron haber herido el sentido de compañerismo que hemos tenido desde siempre con Lechuga, pero él no entiende que en situaciones así hay que sacar provecho de todo lo que venga. –¿Se cree psicóloga la hueona? Por qué opina si no sabe en que estamos metidos. Te dije, algo trama y te está engatusando para lograrlo. Estás siendo más tonto que de costumbre y por tu culpa vamos a cagar los dos…– Entiendo que no solo se refiere a la ficción de buenos empleados que debemos mantener, sino que también a nuestro plan para salir ilesos de las garras de Don Pablo y Ginebra.
–Si se te atravesó es problema tuyo, yo solo estoy tratando de sacar el beneficio de la situación y no llegar en pelotas al torneo ese. No te veo haciendo nada por ayudar en todo caso…– Lechuga me empuja con un brazo, no tiene mucha fuerza, pero me pilla desprevenido, retrocedo un par de pasos con el impulso y choco con Carlita.
–¡A ver! no peleen, no delante mío –Carlita me agarra de una oreja mientras intenta hacer lo mismo con Lechuga, quien tiene mejores reflejos y logra zafarse. Se marcha victorioso a cobrar la plata de la mesa mientras quedo a merced del castigo. Me llevan a tirones hasta la barra, supongo que para calmar el ambiente.

–Algo dulce para la niña por favor.– Carlita le hace un gesto al hombre, quien trae dos vasos altos de plumavit juntos, parecidos a esos del Starbucks. Tira un poco de Skittles dentro, lo llena con hielo, Sprite y luego hace una pausa para buscar algo bajo la barra. Vuelve con una caja de jarabe etiquetada con una estrella roja, saca la botella y vierte el líquido rojizo dentro del vaso. Finaliza revolviendo la mezcla con una de esas cucharas largas de cóctel.
–¿Qué es esta mierda?– Me quedo con el vaso en la mano, sin saber si aventurarme a tomar un poco o no. Decido darle algo más de tiempo.
–Nada malo, es para que te relajes. Ahora escúchame, creo que estás muy, muy cerrado y es mi deber, como la mujer hermosa e inteligente que soy, hacer que veas tu error. No sé cómo terminaron aquí, pero se el por qué: la plata. A todos nos mueve la plata, desde el vola’o de la esquina que necesita el churri, hasta el punkie anti-capitalista que necesita para el vino. Entiendo que corren riesgo para poder conseguir esa plata, tampoco soy tonta como para no darme cuenta. Creo que eso es lo que te falta asumir con esto de tu amiguita nueva: sabes que no vives una situación común, tu trabajo, tu estilo de vida no es algo normal, no intentes relacionarte con la gente de forma normal. Dime algo, ¿es linda?– Me demoro en responder, Carlita asume el silencio como respuesta. –No caigas por un par de tetas, cariño, que acá hay de sobra…– Miro sobre el hombro de Carlita y noto que Cheo se acerca a Lechuga mientras recoge la plata de la mesa. Gesticulan unos segundos hasta que nuestro amigo calvo apunta en dirección a la oficina de Don Pablo. Acto seguido caminan hacia mí. –Lo único real que tienes dentro de este ambiente raro es tu amistad con Gonzalito. No mates ese vínculo. Si no le haces caso a tus instintos hazle caso a lo que él siente, te conoce y si nota algo extraño es por algo. A mí me encanta todo esto, pero es un mundo traicionero, no te lo hagas más complicado. –Lechuga y Cheo quedan junto a nosotros, me hacen un gesto para ir a la oficina.
–Gracias Carlita, ahora seguiré trabajando.
–Recuerda, la confianza es como un espejo, puedes arreglarlo si está roto, pero aún así podrás ver las grietas en el puto reflejo.
–¿Eso no lo dijo Lady Gaga?
–Ay, ami, es que la amo. Ya, cuídense ¡y no peleen!– Camino en silencio junto a mis dos acompañantes. Antes de entrar a la oficina de Don Pablo, Cheo nos detiene y nos pide un último favor.
–No le digan que yo les conté de los pasajes, porfa– Su preocupación parece sincera. Le dejo de regalo el vaso de la preparación multicolor en señal de buena fe, asumo que lo disfrutará más que yo.

Para nuestra sorpresa, Don Pablo no se encuentra solo. Sentado en una de las sillas del despacho y jugando a hacer sonar sus múltiples anillos contra el escritorio frente a él, está Salomón, quien nos saluda con su habitual semblante demoníaco. Se ve mucho más relajado ante la presencia de nuestro jefe en comparación a nuestra última instancia juntos. Al parecer el trabajo en conjunto le ha servido para aliviar las ganas de descuartizar.

–Tomen asiento, pónganse cómodos ¿Quieren tomar alguna cosita? Pa’ avisarle a las niñas…– Intenta levantar el teléfono para llamar, pero me adelanto. Entre más rápido salgamos de aquí, mejor.
–No es necesario, gracias.
–Es por eso que estos cabros son así medio debiluchos, no se meten nada– Ginebra solo mueve las cejas, como si le aburriera escuchar cualquier detalle que sirviese para humanizarnos un poco más allá de lo que representamos para él. –Los mandé a llamar por un motivo. Hasta ahora han demostrado ser buenos empleados, supieron adaptarse a los diferentes “trabajitos” que les he puesto en frente. Eso habla muy bien de ustedes, quiere decir que están comprometidos con hacer que todo esto crezca ¿cierto?– No definiría nuestra participación como algo voluntario, mucho menos como si nuestro aporte estuviese de acuerdo con eso de agrandar el negocio, pero si Don Pablo lo dice, entonces debe ser así. –Como ya saben, con mi compadre Salomón acá vamos a expandir nuestras fronteras. Para que resulte necesitamos soldados de fiar. Es por eso que nos van a asistir en el comienzo de nuestro nuevo emprendimiento…– hace una pausa para pensar sus palabras, saborearlas con un trago de su habitual whisky y luego continúa.– Dentro de poco tendrán que viajar para supervisar que nuestros intereses no sean puestos en juego durante la operación.
–¿A dónde iremos?– A pesar de saber desde antes nuestro destino, Lechuga pregunta para no despertar sospechas.
–Uno de los lugares en donde mi empresa de transportes tiene sus oficinas, Arica. Allá se pondrán en contacto con mis empleados, ellos ya están al tanto de lo que tienen que hacer, ustedes solo tienen que vigilar que todo se haga bien.– Intento recordar la conversación en la pizzería y cómo eso se relaciona con el viaje. Pero, ¿qué hay en Arica? Arena, piedras, una piedra grande con una bandera de donde la gente salta y se suicida. No, no es eso. Aceitunas. Momias. No, es algo más. Recuerdo haber visto un cartel de Maui promocionando un mundial de Surf que también era allá. No, ¡piensa! Esa vez, mientras comían esos palitos de ajo que chorrean aceite, dijeron que el negocio se trataba de traer mujeres a Santiago, “entrenarlas” y mandarlas a Europa, mujeres ilegales… Algo hace clic en mi cabeza. Creo entender de qué trata la maniobra; Arica, al ser ciudad fronteriza, se llena de mujeres de todos lados. El trabajo debe consistir en buscar a esas colombianas, ecuatorianas y peruanas en Arica y luego traerlas a Santiago, directo a las garras de Ginebra y Don Pablo. Por primera vez me siento como Lechuga, resolviendo un misterio. –Todavía no hay fecha exacta… –Miente, de lo contrario no hubiese podido comprar los pasajes. –…Pero de todos modos prepárense porque una vez que les confirme tendrán que partir de inmediato.
Lechuga continúa su papel de actuar dentro de la normalidad, apilando lentamente los fajos del dinero recaudado sobre el escritorio. Don Pablo les quita los elásticos y comienza a contar cada billete con especial cuidado bajo la atenta mirada de Ginebra.
–Obviamente hay cosas que no se pueden dejar al azar, tienen que entender que hay mucho en juego en este momento. Tengo una norma que me ha acompañado durante muchos años y que siempre ha dado resultado. La regla del tres. ¿La conocen?
–¿Es esa cuestión de multiplicar cruzado y luego dividirlo por el otro número para obtener la X?
–Cállate pendejo culiao y deja que termine.– Agacho la cabeza ante la voz de Salomón, condicionado como perro de psicólogo, esperando un golpe inexistente.
–Cuando hay una situación en donde puedes equivocarte, siempre tienes que considerar lo peor. Con eso en la mente preparas cómo enfrentarte al problema: el primer recurso es ir de frente e intentar resolverlo con tu estrategia básica. El segundo es el refuerzo. Si te condoreaste antes, tienes que retomar y en lo posible terminar la pega por la fuerza. Si hasta ahí nada ha funcionado, entra el tercer recurso, el factor sorpresa. Ser lo suficientemente inteligente para pillar a todos desprevenidos y completar el trabajo mientras todos siguen sorprendidos. Cada una de esas partes sirve de apoyo a la siguiente, pero también pueden funcionar de forma independiente. En resumen, siempre hay que considerar que, aunque no sea necesario, vas a necesitar tres etapas para completar el negocio.– Mientras habla vuelve a armar los fajos. Con tranquilidad los va apilando en la caja fuerte de su oficina, acomodándolos a la fuerza en el reducido espacio. –En este caso significa que habrá un tercer hombre que se encargará de responder en caso de que ustedes no puedan… Salomón. Él los va a ayudar durante el viaje.– Noto que Lechuga aprieta la mandíbula en señal de impotencia. Yo en cambio intento mantenerme positivo, de lo contrario me hubiese sacado la chucha, rebotando contra cada uno de los irregulares bordes de la espiral descendente de la depresión. Si bien la experiencia será espantosa, tanto que ni siquiera logro medir cuánto, también tiene algo esperanzador; puede ser la oportunidad para que agarren a Ginebra con las manos en la masa y así tendríamos a un psicópata menos preparándonos sobre la nuca. En sentido figurado.
–Entonces jefe, ¿qué tenemos que hacer?
–Algo rutinario…– Ahondar con Ginebra es perder el tiempo y arriesgar el cogote más de lo debido–…Ahora lárguense.– Caminamos hacia la puerta del despacho, Don Pablo pausa su dinámica de jugar al Tetris con sus millones y nos ataja con una última pregunta.
–Por cierto chicos, ¿cómo va el entrenamiento?
Estoy agarrándole el gusto a la sangre, emocionándome por el lento proceso de degollar al rival… o algo así.– Es lo primero que se me ocurre decir para no quedar de pavo. Un incómodo silencio nos acompaña varios segundos, hasta que Don Pablo explota.
–¡Eso! Confianza, como guerrero. Este gueón es el Gary Medel de acá, ¿ah? Pitbull, ¡Mi Pitbull!– Mientras Don Pablo se levanta a palmotearme la espalda, Ginebra nuevamente juega a extinguirse con la mirada. –Me gusta tu actitud, mantenla porque cuando vuelvan del norte estaremos en la fecha de la presentación del torneo. Será la introducción de los jugadores, el sorteo de los duelistas y lo más importante, la primera fecha.– La tranquilidad desaparece. No estoy listo, no me siento listo. Mierda. Mierda. Mierda.

Salgo medio desorientado al área de juegos, Lechuga me agarra del brazo y me jala por el pasillo rumbo al patio trasero de “Ambrosia”. Es un perímetro de muros altos y piso de cemento. Está flanqueado por una bodega de madera y la pieza. que anteriormente se usaba como la sala en donde achurrascan a los finados. Allí, escondidos entre las jabas de cerveza, susurramos más por nerviosismo que por mantener la privacidad.

–¿Qué vamos a hacer con el torneo?
–¿Qué vamos a hacer con Ginebra?
–Tengo una teoría sobre lo que nos van a mandar a hacer al norte, pero no podemos denunciar hasta que nos lo confirme y hasta que tengamos fecha. Pero con eso ya podemos comenzar a prepararnos. En cambio lo del torneo, no me siento listo.– Alguien sale al patio, pausamos la conversación por un momento. Identificamos al desconocido, es Tapia, uno de los matones, que acomoda junto a la puerta lo que parece ser un basurero lleno. Una vez terminada la tarea vuelve al área ruidosa del local.

–¿Qué fue el discurso ese de la sangre?
–Algo nuevo que aprendí con Javiera.– Lechuga nuevamente aprieta la mandíbula, se amasa la cara como si algo le doliera. Al parecer yo soy quien provoca el dolor, es eso o está aguantando empujarme nuevamente. –Ya te dije, eres libre de investigarla.
–Eso voy a hacer, pero si descubro algo te lo voy a refregar en la cara. No voy a dejar que caigamos por su culpa.
–No vas a encontrar nada raro…
–Ya veremos.– Se marcha de golpe. Dejando las ideas a medias y una sensación de vacío en el pecho. Busco un cigarro en los bolsillos pero no tengo ninguno.

La relación se siente rota.

Written by E. Lara

Periodista. Fundador de Misanegra.cl, Editor General en HxcLife.com | Ateo, zurdo, insomne, colon irritable crónico, coleccionista de música.

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