Santiago usa una máscara para ocultar su horrible rostro y, si quieres verlo, tienes entregar algo a cambio. Si das el paso, no podrás volver al refugio seguro de tu familia o de eso que llaman “hogar”. Así, sin querer, te haces parte de la deformidad que te sedujo. Te vuelves uno de esos muertos andantes que tanto te llamaron la atención. Esto se disimula cuando llega la mañana, el brillo del sol lo oculta. Cuando amanece, los que somos considerados “oscuros” o “marginados”, comenzamos la retirada. Las putas, los choros, las gárgolas, los narcos y los sin esperanza, nos replegamos para dar paso a la luz, a la gente de bien que comienza el día pedaleando, recorriendo largas distancias para llegar a sus trabajos honestos. Es una pelea de todos los días, una transición forzada que asegura el balance de la calle. Santiago es malo, pero nosotros también y no tenemos derecho a otra oportunidad, no conocemos otra forma de vivir.

Mientras amanece nos despedimos de los rostros de siempre, para recorrer el camino usual. La diferencia esta vez es que permanecemos callados, Max no me dirige la palabra desde aquel encontrón en “Ambrosia” y yo tampoco hice un intento por enmendarlo. No es que no quiera arreglar la situación entre nosotros, sino que por el momento la distancia parece ser el mejor campo de acción. Necesito que abra los ojos, que deje de lado su obstinación y vea que en este mundo no existen las coincidencias, tiene que darse cuenta que su nueva “musa”, Javiera, no es más que una amenaza latente.

Tras un frío “nos vemos mas tarde” separamos nuestros caminos. El corto paseo que aleja la casa de Max del lugar en donde duermo sirve para ordenar las prioridades del día y la forma en la que voy a llevar esto. Me distraigo antes de entrar, me detengo un instante a mirar el rayado que hace unos días hicieron en el muro frente a la puerta: “Bang! You’re dead!”. No es nada que no sepa, de todos modos tener que toparse con ello todos los días lo hace un buen recordatorio.

La rutina dicta que debería descansar las horas correspondientes para estar funcional, pero no hoy, no hasta que tenga un avance significativo que pueda llevar ante Max. Los libros a medio leer y los envases vacíos de Maruchan siguen tirados en el mismo lugar. Camino rumbo a la cocina, en el refrigerador no hay nada, pero lo abro como costumbre, para alimentar aunque sea la esperanza. Antes de sentarme frente al computador cumplo con los rituales de estos últimos días; cubro con una toalla la ventana que da hacia el escritorio, para evitar que la luz del día me quiebre las pupilas, y me preparo una taza de café barato, cargado, sin azúcar. Sabe horrible, como beber sangre coagulada.

Los pasos a seguir en internet siguen siendo los mismos. Todavía siguen sin arrojar resultados. No hay nada en Rutificador ni en la base de datos del Registro Electoral referente a una “Javiera Clemm”. No tiene Facebook, Instagram o Twitter, no existe una huella digital en redes sociales, tampoco un posteo olvidado en algún blog pretencioso a lo KissMyBit, nada. Es un fantasma. Googlear su nombre no arroja ningún resultado útil, salvo una cuenta Google Plus vacía y el Tumblr abandonado rotulado como “Childhood Amnesia”. Ahondar en aquello solo trae más frustración: “La amnesia infantil se caracteriza por la relativa ausencia de memoria antes de los 3 o 4 años de edad. El término no se refiere a la completa ausencia de recuerdos, sino a la relativa escasez de recuerdos sobre la infancia. Además, el límite es variable y puede ser influenciado tanto por las experiencias individuales como por factores culturales”. La definición se burla de mí, se ríe en mi cara y no puedo revertirlo. Me incomoda saber que ese nunca fue su nombre real, que supo ocultar su rastro y que debe tener una vasta vida online esperando a ser descubierta… Vida a la cual no tengo acceso.

Sigo dando vueltas en círculos hasta que gatillo la ansiedad que se me acumula en los dedos. Intento darla de baja tecleando más criterios de búsqueda, pero cada acceso se niega a tener salida. Entiendo entonces que la solución no está frente a la pantalla. La batalla había comenzado con el pronóstico a favor de Javiera –si es que ese era su verdadero nombre– pero este es un juego que se puede jugar de a dos y la derrota no forma parte de mi rutina.
Me reamoldo el cuerpo con agua fría antes de salir. A pesar de la incómoda sensación punzante del hielo, la ducha se ha vuelto uno de los lugares frecuentes en donde hilar ideas. Debe ser por su capacidad reparadora, se lleva lo desgastado y da pie a elaborar nuevas suposiciones. Aplicando esa dinámica, el misterio tras la identidad de la Clemm tiene un punto de inflexión interesante que Max no notó, o más bien, que no quiso notar. Todo lo que puedo saber de ella se basa exclusivamente en cómo él la ha definido o descrito, pero hay algo que, a pesar de la idealización, dejó escapar su verdadero “yo”: la supuesta “sed de sangre”. Esa ambición no cuadra, la expone y deja ver que hay algo detrás de su fingida inocencia.

El sol es rencoroso, sabe quienes somos, sabe quienes rehusamos su presencia. Por lo mismo nos niega el abrigo, a pesar de brillar sobre nuestras cabezas y entibiar las calles bajo nuestros pies. 11:30 de la mañana, regreso a la tienda de Paseo San Agustín. A diferencia de la vez anterior, no hay clientes, el local parece haber abierto recién y el único atisbo de acción es un empeñoso empleado intentando armar un modelo a escala de Reshiram. El personal que trabaja no es el mismo, ya no está el “dream team” disfuncional, sino que atiende una chica de gafas, de rostro y actitud amable. Esa cordialidad es un buen punto débil al que atacar.

–Hola, te hago una consulta…– Finjo estar aproblemado, pero de manera amigable, como alguien indefenso que solo puede obtener resguardo en la respuesta del otro. Por lo general funciona y hasta provoca ternura, nunca he entendido por qué. –Hace un tiempo vine aquí y conocí a una chiquilla, como de mi edad. Fue un encuentro fugaz, lindo… –Miento conteniendo el asco.– hablamos de muchas cosas interesantes, pero nunca más la volví a ver y yo queria saber si…
–Oye, ¡qué romántico!– Se ríe cantado, luego emite un chillido a modo de burla. Me sonrojo, pero no por su errónea suposición, sino por vergüenza a que me asocie con ese tipo de situaciones. –Imagino que me cuentas esto porque quieres volver a verla. A ver, dime cómo era, algo, para saber si la reconozco. Entenderás que viene mucha gente al local… Espera – Se cruza de brazos, tapando el estampado de Adventure Time que adorna su polera –¿No eres de esos gallos psicópatas, cierto?– No, solo quiero ubicarla para quitarla de mi camino, destrozarla por amenazar lo poco que hemos logrado construir con sangre y lágrimas, pero claro, tú no necesitas saber eso. Me río para disimular, manteniendo el mismo tono amable.
–No, no soy nada de eso ¡palabra de Boy Scout!– Levanto tres dedos de mi mano derecha, imitando el ridículo gesto ese. Me sonríe de vuelta. –Es baja, de pelo castaño oscuro, contextura normal, tiene los ojos grandes…– Me doy cuenta que la descripción caucásica no me va a llevar a ninguna parte. Intento escarbar en los recuerdos, en como Max la dibuja con sus palabras. –Dijo que ya no venía seguido a jugar porque los hombres se molestaban cuando ella ganaba…
–Ah, debe ser del grupito ese, el team de mujeres.– El hombre Reshiram rompe su concentración y aporta a la dinámica con su voz somnolienta.
–¿Cuál team?
–Cierto. Es un grupo de chiquillas que se reunía acá, jugaban Pokémon, pero no vienen hace tiempo. Eran bulliciosas, se hicieron esa fama de humillar a la gente, era entretenido de ver en un comienzo, pero después se volvía incómodo. La “líder” era la más complicada, tenía una actitud inocente para enganchar y luego se volvía agresiva, me toco verla en acción varias veces. Eso no le hacía bien al local…– Mi compañera de charla parece haber dado en el clavo: la lectura de la inocente “Javiera Clemm” parecía descifrarse a través de un comentario ajeno. Mi sospecha no podía ser errónea y esta “líder” que seducía con ternura tenía que ser ella. –…igual no se parece mucho a como la describes.
–¿Hace cuánto que no vienen? – Dulce Princesa hace una pausa y piensa, su meditación es suspendida por un comentario que viene desde la otra punta del mesón.
–Una de ellas se registró en el último torneo que hicimos, yo la ingresé en la planilla.– La bóveda del conocimiento se había agrietado frente a mí, y aunque lo intentase, no tenía forma de ocultar su contenido. Era hora de tomar lo que me pertenecía por instinto.
–Un registro… ¿Nombre, Rut y todo eso? ¿Te acuerdas cuál de ellas era? ¿La líder por casualidad? –El cansancio me obliga a pestañear más de lo debido para mantener los ojos atentos, tengo que aplicar especial cuidado en no despertar ningún tipo de sospecha, o tener una reacción que pueda provocar un nuevo camino sin salida.
–Algunos datos básicos, pero eso es ilegal… no podemos dar información privada de nuestros clientes, podríamos meternos en problemas.– Tras responder por su empleado, la jefa se acerca al notebook donde asumo hicieron el registro, mira la pantalla de manera disimulada, como resguardando que la información se mantuviese allí, lejos de mi alcance.
–El nombre, solo necesito el nombre.
–No, de verdad, me pones en una situación complicada…– La información comienza a escapar como arena entre los dedos, a desvanecerse mientras la observo… Pero a pesar de eso, el rumbo de algunas cosas se puede manejar. Hay métodos para conseguir logros en situaciones como esta, donde todo parece escapar de control.
–Yo puedo entender la ética tras un puesto de trabajo así, de verdad que puedo. También trabajé atendiendo público y muchas veces tuve que defender sus intereses por sobre los míos…– Lo primero, hacerlos partícipes de tu vida, demostrar que los entiendes en función de tus vivencias personales. Ellos no tienen por qué saber que estás inventando, así que te tienes que empeñar en hacer que se sientan cómodos contigo –…La gente confía en ti, eso es una responsabilidad súper grande, no sólo con tu negocio, sino con la credibilidad que proyectas como ser humano. Por eso puedo entender que protejas los datos de tus clientes, es la forma de decir “soy una persona íntegra, valiosa e inquebrantable. Alguien de verdad“– Mientras hablo me observa atenta, inclinando un poco la cabeza para mirar sobre las gafas. Es buena señal, significa que se siente apoyada dentro de la “maquinaria” de trabajo, dentro de la tediosa rutina. En ese momento puedes echar mano a un recurso infalible: hacerlos reír. No creo en la risa como terapia, ni en tener que hacer caridad en función de las emociones, pero si su reacción es efectiva, significa que ya la tengo a mi merced –…Nadie quiere que tu información termine en la base de datos de un Call Center y que te termine llamando día por medio una operadora con acento centroamericano. ¿O no?–
Sonríe. Luego me mira de forma comprensiva. Ahí es donde realmente comienza el ataque.
–Sí, yo sé, por eso no te puedo ayudar, lo siento– Se sigue negando, pero su línea de defensa es corta, así como mi paciencia. Es momento de dar el tiro de gracia, asestar el piedrazo en la cabeza con algo fuera de lo contemplado, fuera de lo esperado.
–Por lo mismo vamos a hacer lo siguiente: voy a fingir que ese Reshiram armable realmente es Bandai así como dice la caja, así como se lo vendes a la gente que viene acá, y no una copia china de Aliexpress. En base a eso, e inflando el precio del mercado, debería costar 15 mil. Tengo 40 lucas en la billetera; dime solo el nombre y me lo llevaré por ese precio.– El tipo que hasta ese momento había tratado de ignorar la conversación, suelta el Reshiram como si hubiese descubierto que era una figura de cum tribute. Entonces el silencio, el lindo silencio.

Pedregal. Nicole Pedregal.

Repito el nombre en voz baja mientras camino, como si eso fuera parte del método para recordar. Llego hasta Plaza de Armas, el giro más colorido del caleidoscopio en el que se ha convertido el centro de Santiago. Que los inmigrantes se adueñaran del lugar parece ser el mejor acto de justicia divina en años; cada rincón de la plaza ahora tiene un sentido real de unidad, cada vez más lejos de la detestable segregación española y su plano Damero. Cerca de la pileta y junto a los evangélicos maníacos, están los colombianos, sonrientes y bulliciosos en su alegría; en el paseo peatonal están los ecuatorianos, siempre con el pelo largo amarrado en una cola, vendiendo bufandas o pañuelos, y, con la iglesia constantemente cubriendo sus espaldas, la cofradía peruana se sienta en hilera planeando, esperando alguna eventualidad o alguna oportunidad de trabajo. Paso frente a ellos en dirección poniente por calle Catedral, hundiéndome en el olor a mango, las tortas multicolores, el reggaeton y los centros de llamados.

Entro a uno de los cyber, el internet en el celular no es tan rápido como lo que necesito en este momento. Un par de palabras a la encargada oculta tras una infranqueable vitrina de vidrio y me asignan la caseta 12, un cubículo de madera adornado con un poster de Inca Kola. El teclado está pegajoso y el sistema operativo trabado, pero no se necesita tanto para poder dar con información. Al menos no si mi “víctima” es más descuidada que su “jefa”.
Nicole es claramente mucho más amigable, o quizás, de una rara forma, entusiasta por sociabilizar. Una corta búsqueda cruzada con un par de filtros simples y encuentro su perfil en varios sitios de “amigos online”, un eufemismo de la típica web de citas llena de usuarios cuarentones. En cada página tiene una foto perfil diferente, lo que hace muy fácil reconocerla como la persona que estoy buscando. Ella es Nicole Pedregal. Una mujer con el pelo mal cuidado, facciones masculinas y con un gesto algo tieso en la boca al momento de posar para el flash. Ahora solo necesito atar cabos, buscar una forma para poder mirarla a los ojos y ver que hay ahí dentro.

Gracias a su inocencia tengo acceso a todos sus gustos, música, amores platónicos, marcas de ropa predilectas, placeres culpables, etc., un perfil detallado que trae de regalo una serie de links a sus redes sociales. Escojo Facebook como primera opción, solo para ver un poco más. La gente todavía le tiene cariño a Facebook, allí es donde comenzaron con el exhibicionismo online sin sentirse culpables. Me salto una imágen de perfil genérica posando frente al espejo y tengo su muro a mi disposición, completo, sin ningún tipo de control de privacidad. No tiene miedo, no desconfía y, por ende, falla.

En la calle el sol sigue siendo codicioso y selectivo, pero eso ya no importa, hace años que no me importa. Con las monedas que sobraron en el Cyber compro un granizado para mantener la sangre siempre helada y engañar al cansancio acumulado. Cuando el sabor desaparece y solo queda hielo en el vaso, decido hacer mi último movimiento. Tras la vinculación de costumbre que hacen los teléfonos al instalar la aplicación de Facebook, Nicole se descuidó y dejó su teléfono visible. Una llamada y el misterioso rastro de la Clemm dejará de ser invisible.

El teléfono tiene tono. Marca. Aclaro la voz para sonar “simpático”. El sueño se me junta sobre los párpados, antes de espantarlo siento un ruido del otro lado del auricular.

–¿Aló?– Contesta.
–Hola, ¿Nicole?–

Written by E. Lara
Periodista. Fundador de Misanegra.cl, Editor General en HxcLife.com | Ateo, zurdo, insomne, colon irritable crónico, coleccionista de música.